Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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paso imperceptible de una existencia a otra: esto es lo que Pitágoras llamaba la metemp-
sícosis.
Una vez admitidas estas verdades, yo pregunto si alguna vez se podrá sostener que la
destrucción sea un crimen. Con el propósito de conservar vuestros absurdos prejuicios,
¿osaréis decirme que la transmutación es una destrucción? Indudablemente, no; porque
sería necesario para ello demostrar en la materia un instante de inacción, un momento de
reposo. Ahora bien, jamás descubriréis ese momento. Pequeños animales se forman en el
instante mismo en que el gran animal ha perdido el aliento, y la vida de estos pequeños
animales no es más que uno de los efectos necesarios y determinados por el sueño mo-
mentáneo del grande
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. ¿Osaréis decir ahora que place más a la naturaleza el uno que el
otro? Para ello habría que probar una cosa imposible: que la forma alargada o cuadrada es
más útil, más agradable a la naturaleza que la forma oblonga o triangular; habría que pro-
bar que, respecto a los planes sublimes de la naturaleza, un vago que engorda en la inac-
ción y en la indolencia es más útil que el caballo, cuyo servicio es tan esencial, o que el
buey, cuyo cuerpo es tan precioso que ninguna de sus partes queda sin utilidad; habría
que decir que la serpiente venenosa es más necesaria que el perro fiel.
Ahora bien, como todos estos sistemas son insostenibles, es preciso, por tanto, consen-
tir en admitir la imposibilidad en que nos hallamos de aniquilar las obras de la naturaleza,
dado que lo único que hacemos, al entregarnos a la destrucción, no es más que operar una
variación en las formas, que no puede apagar la vida, y está fuera del alcance de las fuer-
zas humanas probar que pueda existir algún crimen en la pretendida destrucción de una
criatura, de cualquier edad, sexo o especie que la supongáis. Llevados más adelante aún
por la serie de nuestras consecuencias, que nacen unas de otras, habrá que convenir fi-
nalmente en que, lejos de perjudicar a la naturaleza, la acción que cometéis al variar las
formas de sus diferentes obras es ventajosa para ella, puesto que mediante esa acción le
proporcionáis la materia prima de sus reconstrucciones, cuyo trabajo se le haría impracti-
cable si no destruyeseis. ¡Ea!, dejadla hacer, os dicen. Con toda evidencia hay que dejarla
hacer, pero son sus impulsos lo que el hombre sigue cuando se entrega al homicidio; es la
naturaleza la que lo aconseja, y el hombre que destruye a su semejante es a la naturaleza
lo que le es la peste o el hambre, igualmente enviadas por su mano, la cual se sirve de
todos los medios posibles para obtener antes esa materia prima de destrucción, absoluta-
mente esencial para sus obras.
Dignémonos esclarecer un instante nuestra alma con la santa antorcha de la filosofía:
¿qué otra voz sino la de la naturaleza nos sugiere los odios personales, las venganzas, las
guerras, en una palabra, todos esos motivos de asesinatos perpetuos? Y si ella nos lo
aconseja, es que los necesita. ¿Cómo podemos nosotros, según esto, suponernos culpa-
bles ante ella, desde el momento en que no hacemos sino seguir sus miras?
Pero esto es más de lo necesario para convencer a cualquier lector ilustrado de que es
imposible que el asesinato pueda ultrajar alguna vez a la naturaleza.
¿Hay crimen en política? Nos atrevemos a confesar, por el contrario, que desgracia-
damente es uno de los grandes resortes de la política. ¿No fue a fuerza de asesinatos
como Roma se convirtió en dueña del mundo? ¿No fue a fuerza de asesinatos como
Francia es libre hoy? Es inútil advertir aquí que sólo se habla de asesinatos ocasionados
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Sade sigue en esta tesis de la generación espontánea a Buffon, aunque también había sido defendida
por otros. [Nota del T]