Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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por la guerra, y no de atrocidades cometidas por los facciosos y los desorganizadores;
éstos, abocados a la execración pública, no necesitan ser invocados para excitar siempre
el horror y la indignación generales. ¿Qué ciencia humana tiene más necesidad de sos-
tenerse por el asesinato que aquella que sólo tiende a engañar, que aquella que no tiene
otra meta que el crecimiento de una nación a expensas de otra? Las guerras, únicos fru-
tos de esta bárbara política, ¿son otra cosa que los medios de que se nutre, con que se
fortifica, con que se sostiene? ¿Y qué es la guerra sino la ciencia de destruir? Extraña
ceguera la del hombre, que enseña públicamente el arte de matar, que recompensa al
que mejor lo hace y que castiga a aquél que, por una causa particular, se ha deshecho de
su enemigo. ¿No es hora de volver a hablar de errores tan bárbaros?
Finalmente, ¿es el asesinato un crimen contra la sociedad? ¿Quién pudo nunca creerlo
razonablemente? ¡Ah! ¿Qué le importa a esa numerosa sociedad que haya entre ella un
miembro más o menos? Sus leyes, sus costumbres, sus usos, ¿se viciarán por ello? ¿Ha
influido alguna vez la muerte de un individuo sobre la masa general? Y tras la pérdida
de la mayor batalla, qué digo, tras la extinción de la mitad del mundo, de su totalidad si
se quiere, el pequeño número de seres que pudiera sobrevivir, ¿experimentaría la menor
alteración material? ¡Ah, no! La naturaleza entera no lo sentiría, y el tonto orgullo del
hombre, que cree que todo está hecho para él, quedaría sorprendido tras la destrucción
total de la especie humana si viera que nada varía en la naturaleza y que el curso de los
astros no se ha retrasado siquiera por ello. Prosigamos.
¿Cómo debe verse el asesinato en un Estado guerrero y republicano?
Con toda seguridad, sería extremadamente peligroso desacreditar esa acción, o casti-
garla. La altivez del republicano exige un poco de ferocidad; si se ablanda, si su energía
se pierde, pronto será sojuzgado. Aquí aparece una reflexión muy singular, pero como
es verdadera pese a su audacia, la diré. Una nación que comienza a gobernarse como
republica sólo se sostendrá por las virtudes, porque para llegar a lo más, siempre hay
que empezar por lo menos; pero una nación ya envejecida y corrompida que valerosa-
mente sacude el yugo de su gobierno monárquico para adoptar otro republicano, sólo se
mantendrá mediante muchos crímenes; porque está ya en el crimen, y si quisiera pasar
del crimen a la virtud, es decir, de un estado violento a un estado suave, caería en una
inercia cuyo resultado sería muy pronto su ruina cierta. ¿Qué sería del árbol que trans-
plantaseis de un terreno lleno de vigor a una llanura arenosa y seca? Todas las ideas in-
telectuales están tan subordinadas a la física de la naturaleza que las comparaciones
proporcionadas por la agricultura jamás nos engañarán en moral.
Los hombres más independientes, los más cercanos a la naturaleza, los salvajes, se
entregan con impunidad diariamente al asesinato. En Esparta y en Lacedemonia salían a
la caza de ilotas como en Francia vamos a la de perdices. Los pueblos más libres son
aquellos que mejor acogida le prestan. En Mindanao, quien quiere cometer un asesinato
es elevado al rango de los valientes: le adornan al punto con un turbante; entre los cara-
guos hay que haber matado a siete hombres para obtener los honores de ese tocado; los
habitantes de Borneo creen que todos cuantos matan les servirán cuando ya no existan;
los devotos españoles llegaban a prometer a Santiago de Galicia matar doce americanos
diarios; en el reino de Tangut
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escogen un hombre joven, fuerte y vigoroso, al que le
está permitido, en ciertos días del año, matar a todo el que encuentre. ¿Hubo algún pue-
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Tangut, reino asiático en Tartaria, a orillas de China. [Nota del T.]