Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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blo más amigo del asesinato que los judíos? Lo vemos en todas las formas, en todas las
páginas de su historia.
El emperador y los mandarines de China adoptan de cuando en cuando medidas para
hacer que el pueblo se rebele, a fin de obtener mediante estas maniobras derecho a co-
meter una horrible carnicería. Si ese pueblo blando y afeminado se liberara del yugo de
sus tiranos, los mataría a palos con mucho mayor motivo, y el asesinato, siempre adop-
tado, siempre necesario, no haría más que cambiar de víctimas; era la dicha de unos, se
convertirá en la felicidad de los otros.
Una infinidad de naciones toleran los asesinatos públicos; están totalmente permitidos
en Génova, en Venecia, en Nápoles y en toda Albania; en Kachao
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, junto al río de San-
to Domingo, los asesinos, con una vestimenta conocida y confesada, degüellan por or-
den vuestra y ante vuestros ojos al individuo que les señaléis; los indios toman opio pa-
ra animarse al asesinato; precipitándose luego a las calles, masacran todo lo que en-
cuentran a su paso; los viajeros ingleses han dado testimonio de esta manía en Batavia.
¿Qué pueblo fue a un tiempo más grande y más cruel que los romanos, y que nación
conservó por más tiempo su esplendor y su libertad? El espectáculo de los gladiadores
mantuvo su coraje; se volvió guerrera por su hábito de convertir en un juego el asesina-
to. Doce o quince víctimas diarias llenaban la arena del circo, y allí, las mujeres, más
crueles que los hombres, osaban exigir que los moribundos cayesen con gracia y mos-
traran sus formas aun bajo las convulsiones de la muerte. Los romanos pasaron de ahí al
placer de ver estrangular enanos en su presencia; y cuando el culto cristiano, infectando
la tierra, vino a persuadir a los hombres de que era malo matarse, los tiranos encadena-
ron al punto a ese pueblo, y los héroes del mundo se convirtieron pronto en juguetes.
Por doquiera, en fin, se ha creído con razón que el asesino, es decir, el hombre que
ahogaba su sensibilidad hasta el punto de matar a un semejante y de arrostrar la ven-
ganza pública o particular, por doquiera, digo, se ha creído que semejante hombre tenía
que ser muy peligroso, y en consecuencia muy precioso en un gobierno guerrero o re-
publicano. Repasemos las naciones que, más feroces aún, sólo quedaron satisfechas in-
molando niños, y con mucha frecuencia a los propios: veremos estas acciones, univer-
salmente adoptadas, formar parte en ocasiones de las leyes. Muchos pueblos salvajes
matan a sus hijos en cuanto nacen. Las madres, a orillas del río Orinoco, convencidas
como estaban de que sus hijas sólo nacían para ser desgraciadas, puesto que su destino
era convertirse en esposas de los salvajes de aquella comarca, que no podían soportar a
las mujeres, las inmolaban tan pronto como las habían dado a luz. En Trapobana
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y en
el reino de Sopit, todos los niños deformes eran inmolados por los mismos padres. Las
mujeres de Madagascar exponían a las bestias salvajes los hijos nacidos ciertos días de
la semana. En las repúblicas de Grecia se examinaba cuidadosamente a los niños cuan-
do llegaban al mundo, y si no los encontraban formados de manera que pudieran defen-
der un día a la república, eran inmolados al punto: allí no consideraban esencial cons-
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Kachao, capital del reino de Tonkín. [Nota del T]
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Trapobana, la actual Ceilán, conocida mejor como Taprobana. [Nota del T]