Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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truir casas ricamente provistas para conservar esa vil espuma de la naturaleza humana
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Hasta el traslado de la sede del imperio, todos los romanos que no querían alimentar a
sus hijos los arrojaban al vertedero. Los antiguos legisladores no tenían ningún escrúpu-
lo en condenar a los niños a muerte, y nunca ninguno de sus códigos reprimió los dere-
chos que un padre creyó tener siempre sobre su familia. Aristóteles aconsejaba el abor-
to; y estos antiguos republicanos, llenos de entusiasmo y de ardor por la patria, despre-
ciaban esa conmiseración individual que se encuentra entre las naciones modernas; se
amaba menos a los hijos, pero se amaba más al país. En todas las ciudades de China,
cada mañana se encuentra una increíble cantidad de niños abandonados en las calles;
una carreta los recoge al despuntar el día, y los arrojan a una fosa; a menudo las coma-
dronas mismas liberan a las madres, ahogando nada más nacer sus frutos en cubos de
agua hirviendo o arrojándolos al río. En Pekín, los ponen en pequeñas canastillas de
juncos que abandonan en los canales; cada día retiran lo que flota en esos canales, y el
célebre viajero Duhalde
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estima en más de treinta mil el número diario que quitan cada
vez. No puede negarse que no sea extraordinariamente necesario y extremadamente po-
lítico poner coto a la población en un gobierno republicano; por intenciones completa-
mente contrarias, hay que alentarla en una monarquía: en ésta, los tiranos sólo son ricos
en razón del número de sus esclavos, necesitan evidentemente hombres; pero la abun-
dancia de población, no lo dudemos, es un vicio real en un gobierno republicano. No
hay, sin embargo, que degollarlos para disminuirlo, como decían nuestros modernos de-
cenviros: sólo se trata de no permitirle los medios de extenderse más allá de los límites
que su felicidad le prescribe. Guardaos de multiplicar demasiado un pueblo en el que
cada ser es soberano y estad seguros de que las revoluciones no son nunca otra cosa que
secuelas de una población muy numerosa. Si para esplendor del Estado concedéis a
vuestros guerreros el derecho a destruir hombres, para la conservación de ese mismo
Estado conceded igualmente a cada individuo que se entregue cuanto quiera, puesto que
puede hacerlo sin ultrajar a la naturaleza, al derecho de deshacerse de los niños que no
puede alimentar o de aquellos de los que el gobierno no puede sacar ningún beneficio;
concededle asimismo deshacerse, con los riesgos y peligros a su costa, de todos los
enemigos que pueden perjudicarle, porque el resultado de todas estas acciones, absolu-
tamente nimias en sí mismas, será mantener vuestra población en un estado moderado y
nunca lo bastante numeroso para perturbar vuestro gobierno. Dejad decir a los monár-
quicos que un Estado sólo es grande en razón de su extremada población: ese Estado
será siempre floreciente si, contenido en sus justos límites, puede traficar con lo super-
fluo. ¿No podáis el árbol cuando tiene demasiadas ramas? Y para conservar el tronco,
¿no cortáis las ramas? Todo sistema que se aparte de estos principios será una extrava-
gancia cuyos abusos enseguida nos llevarían a un vuelco total del edificio que acaba-
mos de levantar con tanto esfuerzo. Pero no es cuando el hombre ya está hecho cuando
hay que destruirlo a fin de disminuir la población: es injusto abreviar los días de un in-
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Cabe esperar que la nación reforme este gasto, el más inútil de todos; todo individuo que nace sin
las cualidades necesarias para ser un día útil a la república no tiene ningún de recho a conservar la
vida, y lo mejor que puede hacerse es quitársela en el momento en que la recibe.
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Jean Baptiste Duhalde, jesuita, autor de Description... de la Chine et de la Tartarie chinoise, París,
1735. [Nota del T]