Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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por no poder seguir a sus camaradas en la acción de Jemmapes
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. Siempre a la altura de
estos orgullosos republicanos, pronto superaremos sus virtudes: es el gobierno el que
hace al hombre. Un hábito tan prolongado de despotismo había debilitado totalmente
nuestro coraje; había depravado nuestras costumbres; pronto vamos a ver de qué accio-
nes sublimes es capaz el genio, el carácter francés, cuando es libre; al precio de nuestras
fortunas y de nuestras vidas, sostengamos esa libertad que ya nos ha costado tantas víc-
timas; no lo lamentemos si alcanzamos nuestra meta; ellas mismas, todas, se han entre-
gado voluntariamente; no volvamos su sangre inútil; pero unión... unión, o perderemos
el fruto de todos nuestros esfuerzos; probemos leyes excelentes sobre las victorias que
acabamos de conseguir; nuestros primeros legisladores, esclavos aún del déspota que por
fin hemos abatido, no nos dieron más que leyes dignas de ese tirano, al que todavía in-
censaban; rehagamos su obra, pensemos que es para republicanos y para filósofos para
los que por fin vamos a trabajar; que nuestra leyes sean dulces como el pueblo que deben
regir.
Al presentar aquí, como acabo de hacerlo, la nimiedad, la indiferencia de una infinidad
de acciones que nuestros antepasados, seducidos por una religión falsa, miraban como
criminales, reduzco nuestro trabajo a bien poco. Hagamos pocas leyes, pero que sean
buenas. No se trata de multiplicar los frenos: se trata de dar al que utilicemos una calidad
indestructible. Que las leyes que promulguemos no tengan otra meta que la tranquilidad
del ciudadano, su felicidad y el esplendor de la república. Mas, después de haber arrojado
al enemigo de vuestras tierras, franceses, no quisiera que el ardor de propagar vuestros
principios os arrastrase más lejos; sólo con el hierro y el fuego podríais llevarlos al fin del
universo. Antes de cumplir tales resoluciones, acordaos de los desgraciados sucesos de
las Cruzadas. Cuando el enemigo esté al otro lado del Rhin, creedme, guardad vuestras
fronteras y quedaos en casa; reanimad vuestro comercio, dad de nuevo energía y salidas a
vuestras manufacturas; haced florecer vuestras artes, animad la agricultura, tan necesaria
en un gobierno como el vuestro y cuyo espíritu debe poder abastecer a todo el mundo sin
que nadie pase necesidad; dejad a los tronos de Europa desmoronarse por sí mismos;
vuestro ejemplo, vuestra prosperidad los derrocarán pronto sin que tengáis necesidad de
intervenir.
Invencibles en vuestro interior y modelos de todos los pueblos por vuestra civilización
y vuestras buenas leyes, no habrá gobierno en el mundo que no trabaje por imitaros, ni
uno sólo que no se honre con vuestra alianza; mas si, por el vano honor de llevar vuestros
principios lejos, abandonáis el cuidado de vuestra propia felicidad, el despotismo, que
sólo está adormecido, renacerá, las disensiones intestinas os desgarrarán, habréis agotado
vuestras finanzas y vuestras conquistas, y todo esto para volver a besar los hierros que
habrán de imponeros los tiranos que os habrán subyugado durante vuestra ausencia. Todo
lo que deseáis puede hacerse sin que sea necesario abandonar vuestros hogares; que los
demás pueblos os vean felices, y correrán a la dicha por el mismo camino que vosotros
les habréis trazado
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Batalla de 1792 ganada por Dumouriez. Véase la nota siguiente. [Nota del T.]
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Recuérdese que la guerra exterior no fue nunca propuesta más que por el infame Dumouriez.
[Charles-François du Perrier, Dumouriez (1739-1823), será juzgado casi en los mismos términos por
Michelet: «Un aventurero cínico con el que el antiguo régimen gratificó al nuevo. Alzado hasta las