Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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EUGENIA, a Dolmancé: Eso es lo que se dice un escrito muy sabio, y tan ajustado a
vuestros principios, al menos en muchos puntos, que estoy tentada por creeros su autor.
DOLMANCÉ: Es muy cierto que estoy de acuerdo con gran parte de esas reflexiones,
y mis discursos, que os lo han demostrado, dan incluso a la lectura que acabamos de
hacer las apariencias de una repetición...
EUGENIA, cortándole: No me he dado cuenta; nunca se repetirán demasiado las co-
sas buenas; encuentro, sin embargo, peligrosos algunos de esos principios.
DOLMANCÉ: No hay en el mundo nada más peligroso que la piedad y la beneficen-
cia; la bondad no es nunca otra cosa que una debilidad, y la ingratitud y la impertinencia
de los débiles fuerzan siempre a las gentes honradas a arrepentirse de ella. Si a un buen
observador se le ocurre calcular todos los peligros de la piedad, y los compara luego con
los de una firmeza sostenida, verá si no son más los primeros. Pero vamos demasiado
lejos, Eugenia; resumamos para vuestra educación el único consejo que puede sacarse
de cuanto acabamos de deciros: no escuchéis nunca a vuestro corazón, hija mía; es el
guía más falso que hemos recibido de la naturaleza; cerradlo con gran cuidado a los
acentos falaces de la desdicha; más vale rechazar el que realmente debiera interesaros
que arriesgaros a dar al malvado, al intrigante o al farsante: lo primero tiene muy leves
consecuencias, lo segundo los mayores inconvenientes.
EL CABALLERO: Séame permitido, por favor, dudar y destruir, si puedo, los princi-
pios de Dolmancé. ¡Ah! ¡Cuán diferentes serían, hombre cruel, si, privado de esa fortu-
na inmensa en que encuentras sin cesar los medios de satisfacer tus pasiones, lan-
guidecieses algunos años en esa abrumadora miseria que tu espíritu feroz se atreve a
reprochar a los miserables! Echa una ojeada piadosa sobre ellos, y no cierres tu alma
hasta el punto de endurecerla sin remedio a los gritos desgarradores de la necesidad.
Cuando tu cuerpo, harto sólo de voluptuosidades, descanse lánguidamente en lechos de
pluma, mira el suyo, abatido por trabajos que a ti te permiten vivir, recogiendo apenas
un poco de paja para preservarse del frío de la tierra, pues no tienen, como los animales,
más que su fría superficie para tenderse; lanza una mirada sobre ellos, rodeado de pla-
tos suculentos con los que cada día veinte discípulos de Comus despiertan tu sensuali-
dad, mientras esos desgraciados disputan a los lobos, en los bosques, la raíz amarga de
un suelo reseco; cuando los juegos, las gracias y las risas lleven a tu yacija impura los
objetos más conmovedores del templo de Citerea, mira al- miserable tendido junto a su
triste esposa, satisfecho de los placeres que recoge en medio de las lágrimas sin sospe-
char siquiera que existan otros; míralo cuando tú no te prohíbes nada, cuando nadas en
medio de lo superfluo; míralo, te digo, carecer incluso constantemente de las necesida-
des más primarias de la vida; echa una ojeada sobre su familia desolada; mira a su es-
posa temblorosa repartirse con ternura entre los cuidados que debe a su marido, que
languidece a su lado, y los que la naturaleza le impone para con los brotes de su amor,
privada de la posibilidad de cumplir ninguno de esos deberes tan sagrados para su alma
sensible; ¡mírala, sin estremecerte si es que puedes, reclamar de ti eso superfluo que tu
crueldad le niega!
nubes en 1792, cayó en el oprobio y en el desprecio desde el año siguiente. Este hombre traicionaba
con una especie de voluptuosidad.» (Histoire de la Révolution française.) ] [Nota del T.]