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Juliette/1 Marqués de Sade
chatez del vicio engendrado por la riqueza y la fama. Mme. Delbène era superiora de una de las más céle-
bres abadías de París, gozaba de sesenta mil libras de renta, tenía con ella a toda la corte, a toda la ciudad:
¡hasta qué punto debía de despreciara una pobre muchacha como yo que, joven, huérfana y sin un céntimo
de renta, no podía oponer a sus injusticias más que reclamaciones aniquiladas con prontitud, o quejas que,
tratadas al instante como calumnias, le hubiesen valido a la que hubiese tenido la desfachatez de empren-
derlas, la eterna pérdida de la libertad!
Corrompida hasta el punto en que yo estaba ya, este ejemplo asombroso de una injusticia que tenía que
sufrir, me impulsó en lugar de corregirme. ¡Y bien! me digo
-
, sólo tengo que tratar de ser rica a mi vez, y
pronto seré tan descarada como esta mujer, y gozaré de los mismos derechos y de los mismos placeres.
Abstengámonos de ser virtuosos, puesto que el vicio triunfa constantemente; temamos la miseria, puesto
que siempre es despreciada... Pero, ¿cómo evitaré el infortunio si no tengo nada? Sin duda, mediante accio-
nes criminales. ¿Qué importa?, los consejos de Mme. Delbène habían gangrenado mi corazón y mi mente:
no creo que haya mal en nada, estoy convencida de que el crimen sirve a las intenciones de la naturaleza
tanto como la prudencia o la virtud. Lancémonos a este mundo perverso, en el que aquellos que triunfan
son los que logran lo mejor; que ningún obstáculo nos detenga, el único desgraciado es el que se queda en
el camino. Puesto que la sociedad no está compuesta más que de inocentes y bribones, juguemos decidida-
mente a lo último: es más halagador para el amor propio triunfar que triunfen sobre una misma.
Tranquilizada con estas reflexiones, que quizás os parezcan prematuras a los quince años, pero que son
fácilmente explicables teniendo en cuenta la educación que yo había recibido, esperé con resignación los
acontecimientos que me reservaba la providencia, decidida a aprovecharme de todos aquéllos que se pre-
sentasen para mejorar mi fortuna, al precio que fuese.
No cabe duda de que me quedaba un duro aprendizaje por hacer; estos desgraciados principios debían
acabar de corromper mis costumbres, y, para no alarmar las vuestras, amigos míos, creo que haré bien en
evitaros detalles que descubrirían a vuestros ojos extravíos más extraordinarios qu e a los que asistís diaria-
mente...
-Me cuesta creer, señora -dice el marqués, interrumpiendo a Juliette-, que, con todo lo que sabéis de no-
sotros, pueda asustaros por un momento semejante temor.
-Es que en este caso se trata de la corrupción de ambos sexos -dice Mme. de Lorsange-, pues la Duver-
gier proporcionaba sujetos a la fantasía de ambos por igual.
-Vuestros cuadros, así mezclados, resultarán tan sólo más agradables dice el caballero-; sabemos más o
menos los extravíos de que es capaz el nuestro; será delicioso saber por vos todos aquellos a los que puede
entregarse el vuestro.
-Sea -dice Mme. de Lorsange-. Sin embargo, tendré cuidado de no contar más que los excesos más singu-
lares, y, para evitar la monotonía, me callaré los que me parezcan más simples...
Maravilloso -dice el marqués, mostrando a la reunión su instrumento lleno de lujuria-; pero, ¿pensáis en
el efecto que pueden tener sobre nosotros tales relatos? Ved el estado en que me pone su simple promesa...
-Y bien, amigo mío -dice esta encantadora mujer-, ¿no soy completamente vuestra? Gozaré doblemente
con mi acción, y como el amor propio significa siempre mucho para una mujer, me permitiréis pensar que
el enardecimiento que produzca en vos se deberá más a mi persona que a mis relatos.
-Es preciso que os convenza en este mismo instante -dice el marqués muy excitado, arrastrando a Juliette
a una antecámara, donde ambos permanecieron durante bastante tiempo entregándose a los más dulces pla-
ceres de la lujuria.
-En lo que a mí respecta dijo el caballero, a quien lo anterior dejaba frente a frente con Justine-, confieso
que no me excita lo suficiente como para necesitar perder el semen. No importa, acercaos, hija mía, poneos
de rodillas y chupadme; pero, poneos de tal forma, por favor, que yo vea infinitamente más culo que coño.
Bien, muy bien -dice, viendo a Justine, acostumbrada a todas estas maniobras, cogerlo-, nadie podría hacer-
lo mejor, aunque a pesar suyo... sí, así es.
Y el caballero, extraordinariamente bien chupado, iba quizás a abandonarse dulcemente a los efectos de
una descarga tan bien provocada, cuando el marqués, volviendo con Juliette, rogó a ésta que siguiese con el