Librodot
Juliette/1 Marqués de Sade
Nos encerramos en su habitación, y allí, después de haberme besado calurosamente, felicitado por la feli-
cidad que acababa de tener por gustar a un hombre tan rico como Noirceuil, me dice:
Juliette, escúchame:
No sé qué idea tienes de tu nueva posición; pero si por desgracia te imaginas que tu calidad de muchacha
mantenida te garantiza una fidelidad a toda prueba, y esto con un hombre que ve siete u ocho muchachas al
año, ciertamente, ángel mío, estás en un grave error. Por muy rico que sea un hombre, y por mucho bien
que nos haga, nunca le debemos ningún agradecimiento, porque él trabaja para sí mismo cuando nos colma
de bienes. El oro con que nos cubre es únicamente el efecto o del orgullo que siente en tenernos para él
solo, o de los celos que le hacen prodigar sus tesoros para que nadie comparta el objeto de su amor. Pero yo
te pregunto, Juliette, si las extravagancias de un hombre deben ser para nosotras motivos suficientes para
servir su locura. Por el hecho de que un hombre deba sentirse herido al vernos en los brazos de otro, ¿se
sigue de aquí que nosotras debamos forzarnos para no estar en ellos?
Voy más lejos: aunque se ame furio-
samente al hombre con el que se vive, aunque se sea su mujer, su dueña más querida, siempre será com-
pletamente absurdo imponernos cadenas. Se puede fornicar de todas las formas posibles sin que disminu-
yan en nada los sentimientos del corazón. Aunque se ame todos los días a un hombre hasta el exceso, esto
no impide que se fornique con otro: no es el
corazón el que da el placer, sino el cuerpo. Los extravíos más
desenfrenados, más intensos del libertinaje, no disminuyen la delicadeza del amor. Por otra parte, ¿en qué
consiste el mal que se hace a un hombre que se ultraja prostituyéndose a otro? Me confesarás que a todo lo
más sólo es una lesión moral; no hay más que tomar las mayores precauciones para que nunca pueda saber
la infidelidad de la que es objeto: desde ese momento, no puede ser herido. Digo más: una mujer muy bue-
na que, sin embargo, diese pie a sospechas sobre ella, bien porque estas sospechas naciesen de la impru-
dencia, bien porque fuesen fruto de la mentira, por muy virtuosa que la creas, sería infinitamente más cul-
pable frente al hombre que la ama, que aquella que, aunque se entregase de la mañana a la noche, tuviese el
arte dé ocultarlo a todas las miradas. Voy más lejos todavía: digo que una mujer, por muchas razones que
tenga para tratar con miramientos a un hombre, para amarlo incluso, puede dar a otro su corazón y su cuer-
po; incluso amando mucho a un hombre, puede amar también mucho al ser con el que se acuesta acciden-
talmente; entonces es una inconstancia, y, según yo, nada va tan bien con las grandes pasiones como la
inconstancia. Hay dos formas de amar a un hombre: el amor moral y el amor físico. Una mujer puede idola-
trar moralmente a su amante y esposo, y amar física y momentáneamente al joven que le hace la corte;
puede entregarse a él sin ofender de ninguna manera los sentimientos morales debidos al primero: cualquier
individuo de nuestro sexo que piense de diferente manera es una loca, que no trabaja más que para su infor-
tunio. Por otra parte, ¿puede limitarse una mujer de carácter a las caricias de un solo hombre? Si es así,
tenemos entonces a la naturaleza en perpetua oposición con vuestros pretendidos preceptos de constancia y
fidelidad. Ahora bien, dime, por favor, qué peso puede tener a los ojos de un hombre sensato un sen-
timiento en constante contradicción con la naturaleza. Un hombre lo suficientemente ridículo como para
exigir de una mujer que no se entregue nunca a otros más que a él, cometería una tontería tan grande como
aquel que quisiera que su esposa o su amante no cenase nunca con otros; además ejercería una terrible tira-
nía: pues si no está en condiciones de satisfacer él solo a una mujer, ¿con qué derecho exige a esta mujer
que sufra, y no pueda contentarse con otro? Hay aquí un egoísmo, una dureza increíbles, y tan pronto como
una mujer reconociese tales sentimientos en aquel que pretende amarla, esto debe bastarle para decidirla a
compensarse al momento de la cruel tortura a que quiere reducirla su marido. Pero si, por el contrario, una
mujer está unida a un hombre sólo por el interés, ¿no tiene acaso una razón más poderosa para no forzar en
nada sus inclinaciones y sus deseos?; desde ese momento sólo se ve obligada a prestarse cuando la pagan;
no debe su cuerpo más que al instante del pago; todas las demás horas son suyas, y entonces es cuando le
están más permitidas las inclinaciones del corazón: ¿por qué habría de someterse si no está comprometida
más que físicamente? El amante pagador, o el esposo, deben de ser unos jueces excesivos para exigir del
objeto de su ternura un corazón que deben saber que es impagable; no razonan demasiado si no saben que
no se compran los sentimientos del alma. Desde ese momento, con tal que la mujer a la que uno y otro pa-
gan se preste a lo que deseen, no pueden reprocharle nada, y serían unos locos si exigiesen algo más. En
una palabra, no es la virtud de una mujer lo que quiere un amante o un marido, es la apariencia de la virtud.
Quien no fornique, pero lo parezca, está perdida; por el contrario, quien fornique con el mundo entero, pero
se oculte, ésta es una mujer con buena reputación (17). Hay ejemplos que apoyarán mi exposición, Juliette:
el momento en que vienes a verme es bueno para convencerte. Tengo aquí dentro quince mujeres, al me-
nos, que vienen a prostituirse a mi casa, o que envío a hacerse fornicar al campo; échales una ojeada: te