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Juliette/1 Marqués de Sade
-Es evidente que no, señora
-
respondí-; fornicare en vuestra casa por interés y por libertinaje; me entrega-
ré a todos los grupos libidinosos a los que os plazca enviarme; pero cuando mis prostituciones vayan a
cuenta vuestra, os prevengo de que no lo haré por menos de cincuenta luises.
-Los tendrás, los tendrás -me respondió la Duvergier en el colmo de la alegría-. Sólo quería tu aproba-
ción; el dinero no me inquieta; sé dulce, obediente, no te niegues nunca a nada; te conseguiré montones de
oro. Y como era tarde y yo temía que Noirceuil se inquietase con la duración de esta primera salida, volví
pronto a cenar a la casa, verdaderamente desesperada por no haber podido ver a algunas de esas mujeres en
acción, o compartirla con ellas.
Mme. de Noirceuil no veía con sangre fría que su rival estuviese instalada en su casa; la manera imperio-
sa y dura con la que su marido la había obligado a obedecer me contribuía todavía más a la actitud que de-
mostraba en cada momento. No había un solo día que no llorase de despecho: infinitamente mejor alojada
que ella, mejor servida, mucho más ricamente vestida, con un coche para mí sola, mientras que ella apenas
si tenía acceso al de su marido, es fácil imaginarse hasta qué punto debía de odiarme esta mujer. Pero mi
ascendiente sobre el espíritu del señor estaba demasiado bien establecido como para que tuviese nada que
temer de las insolencias de la señora.
Sin embargo, podéis imaginaros que Noirceuil no actuaba así por amor. Veía en su unión conmigo los
medios para crímenes: ¿necesitaba algo más su pérfida imaginación? No había nada tan regulado como los
desórdenes de este criminal. Todos los días, sin que nadie pudiese romper nunca esta orden, la Duvergier le
proporcionaba una virgen que no podía tener más de quince años y nunca menos de diez: daba cien escudos
por cada una de estas muchachas, y la Duvergier veinticinco luises de daños e intereses, si Noirceuil podía
probar que la muchacha no era totalmente virgen, A pesar de todas estas precauciones, mi ejemplo os de-
muestra hasta qué punto era engañado cada día.
Esta sesión de libertinaje tenía lugar ordinariamente todas las tardes: los dos muchachos, Mme. de Noir-
ceuil y yo nos encontrábamos siempre allí, y cada día la tierna y desgraciada esposa se convertía en la víc-
tima de estas excitantes y singulares lujurias. Los muchachitos se retiraban, y yo comía a solas con Noir-
ceuil, que se embriagaba con bastante frecuencia, y acababa por dormirse en mis brazos.
Tengo que convenir con vosotros, amigos míos, que desde hacía mucho tiempo yo ardía en deseos depo-
ner en práctica los principios de Dorval. Parecía que los de dos me ardiesen; quería robar, al precio que
fuese. Yo no había probado todavía, pero no dudaba de mi habilidad: únicamente estaba obstaculizada por
el individuo con que debía emplearla. Tenía la oportunidad más hermosa del mundo en casa de Noirceuil:
su confianza era tan grande como inmensas sus riquezas, sus desórdenes extremos: no había día que no
pudiese sustraerle de diez a doce luises, sin, que so diese cuenta. Por un singular cálculo de mi imagina-
ción... por un sentimiento del que quizás ni me había
d
ado cuenta, no me permití nunca hacer daño a un ser
tan corrompido como yo. Sin duda, esto es lo que se llama la buena fe de los bohemios: pero yo la tuve.
Había otra razón en este proyecto de reserva: quería hacer mal robando; esta idea me obsesionaba. Ahora
bien, ¿qué crimen cometía despojando a Noirceuil? Considerando mías sus propiedades, no hacía más que
recuperar mis derechos; por consiguiente, no existía ni la más ligera apariencia de delito en este comporta-
miento. En una palabra, si Noirceuil hubiese sido un hombre honrado, no le habría perdonado; pero era un
criminal y yo le respetaba. Viéndome constantemente en infidelidades hacia él, me preguntaréis quizás por
qué esta veneración no me seguía para lo demás: ;oh!, esto era diferente; estaba en mis principios no creer
ningún mal en la infidelidad. En Noirceuil me gustaba el libertinaje, la singularidad de su espíritu; pero al
no estar loca por su persona, no me creía ligada a él hasta el punto de no engañarle cuando me parecía bien;
viendo a muchos hombres, podía encontrar uno mejor que Noirceuil. Aunque esta misma felicidad no me
hubiese sucedido, las partidas de la Duvergier significaban mucho para mí; y no podía sacrificarlas a un
sentimiento caballeresco por Noirceuil, en el que no podía existir profundamente ningún sentimiento de
delicadeza. De acuerdo con este plan de conducta, acepté, como veréis, una partida que me propuso la Du-
vergier, unos días después de la entrevista con ella de la que acabo de hablaros.
Esta partida debía tener lugar en casa de un millonario que, no ahorrando nada en sus placeres, pagaba a
peso de oro a todas las criaturas bastante complacientes como para satisfacer sus vergonzosas lujurias. No
puede imaginarse el grado de amplitud que puede tener el libertinaje; no es posible hacerse una idea de
hasta qué punto se degrada el hombre que sólo escucha ya las excitantes pasiones inspiradas por ese deli-
cioso vicio.