Librodot
Juliette/1 Marqués de Sade
revolcarla en la crápula, en una palabra, hacer lo que yo hago: llevar a su mujer y a su hija al burdel o po-
nerlas en un rincón de la calle, y sujetarlas uno mismo durante el acto de la prostitución.
-
¿Señor -interrumpí-, vos tenéis una hija?
-Tengo una -respondió Noirceuil.
-
¿De la esposa que yo conozco?
-
No, de mi primera; esta es mi octava, Juliette.
-
¿Y cómo pudisteis hacer un hijo, con los gustos que os conozco?
-
Tuve varios, querida mía. No te asombres de este comportamiento: algunas veces se superan las repug-
nancias, cuando deben resultar placeres.
- ¡Ah! Señor, creo que os entiendo.
Te explicaré todo esto, ángel mío, pero será preciso que te estime mucho para probarte cuán poco me es-
timo a m í mismo.
-¡Hombre encantador! -exclamé-. Nunca me seréis más querido que cuando me hayáis convencido de
hasta qué punto despreciáis los prejuicios vulgares; y cuantos más crímenes desveléis a mis ojos, más in-
cienso obtendréis de mi corazón. La irregularidad de vuestra cabeza trastorna la mía; sólo aspiro a imitaros.
- ¡Ah, santo Dios! -exclamó Noirceuil, introduciendo su lengua en mi boca-, jamás vi a una criatura más
análoga a mí: creo que la adoraría, si pudiese amar a una mujer... Quieres imitarme, Juliette; te desafío a
ello; si el interior de mi alma pudiese entreabrirse aterrorizaría de tal forma a los hombres que quizás ni uno
sólo se atrevería a acercarse a mí en toda la tierra. He llevado la impudicia, el crimen, el libertinaje y la
infamia hasta su último grado; y si siento algún remordimiento, puedo asegurar con toda sinceridad que
sólo se debe a la desesperación de no haber cometido bastantes crímenes.
La prodigiosa agitación en la que se encontraba Noirceuil me convenció de que la confesión de sus erro-
res lo calentaba casi tanto como su misma acción. Aparté el ligero vestido que lo envolvía, y, cogiendo su
miembro, más duro que una barra de hierro, lo manoseé: destilaba semen.
-¡Cuántos crímenes me cuesta este miembro! -exclamó Noirceuil-. ¡Cuántas execraciones me he permiti-
do para hacerle perder su esperma con un poco más de calor! No existe ningún objeto sobre la tierra que no
esté dispuesto a sacrificar: es un dios para mí, que sea el tuyo, Juliette: adoro este miembro déspota, incien-
so a este dios soberbio. Me gustaría exponerlo a los homenajes del mundo entero; me gustaría que hubiese
un hombre en el mundo que hiciese morir, entre terribles suplicios a todos aquellos que no quisiesen incli-
narse ante él... Si fuese rey, Juliette, no tendría mayor placer que el de hacerme seguir por verdugos que
masacrasen, al momento, todo lo que encontrasen mis miradas... Caminaría sobre cadáveres, y sería feliz;
descargaría en la sangre, cuyos chorros correrían a mis pies.
Embriagada a mi vez, me precipito a los pies de este asombroso libertino; adoro, entusiasmada, el móvil
de tantas acciones, cuyas simples confesiones excitan de tal forma al que las ha cometido; lo tomo en mi
boca, lo chupo durante un cuarto de hora con delicia...
-No somos suficientes -dice Noirceuil, que gustaba poco de placeres solitarios-. No déjame; quizás te
quemaría si aspirases al honor de hacerme descargar tú sola; mis pasiones concentradas sobre un punto
único se parecen a los rayos del astro reunidos por el vidrio ardiente: en seguida queman el objeto que se
encuentra bajo su foco.
Y Noirceuil, espumeante, comprimía con fuerza mis nalgas.
Este fue el momento en que uno de los conductores de Gode vino a darnos noticias de su entrada en Bi-
cétre, y del hijo muerto que había parido al llegar.
-Esto sí que es bueno -dice Noirceuil, despidiendo al hombre con dos luises para una copa-. Me parece
-
añadió en voz baja-, que nunca se pagaría demasiado por el anuncio de tal acontecimiento; al menos tene-
mos la imagen de un pequeño delito con la broma que nos hemos permitido... ¡Mira, Juliette!... ¡Mira cuán
imperioso se pone mi miembro!