JEROME DAVID SALINGER - UN DIA PERFECTO PARA EL PEZ PLATANO
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el
tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado
esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-.
Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería.
Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los
niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el
mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que
me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como
almohadón.
-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños
y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da
gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus
manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del
piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó
la mejilla en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí,
tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se
sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y
deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que
podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
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