HISTORIA DE MI VIDA
93
pared; se acerca a la tierra recién removida y empie-
za a cavar, pese a que estaba oscuro no había lleva-
do linterna. No veía lo suficiente como para
reconocer la tumba que estaba abriendo, y cuando
ya la había vaciado del todo, extrañado por el tiem-
po que le había llevado, se dio cuenta de que era
demasiado grande para ser de un niño. Era la de un
vecino que había muerto pocos días antes. Tuvo
que cavar incansablemente para encontrar por fin el
pequeño ataúd, pero, cuando estaba tratando de
sacarlo, se apoyó con fuerza en el cajón del campe-
sino y este ataúd, llevado hacia el profundo pozo
que mi padre había cavado al lado, se deslizó hacia
adelante, lo golpeó en un hombro y lo hizo caer
dentro de la fosa. Después, mi padre confesó a mi
madre que por unos minutos había experimentado
un terror y una angustia indecibles al sentirse em-
pujado por el muerto y arrojado a tierra sobre los
restos de su hijo. Como ya he dicho, era muy va-
liente y para nada supersticioso. A pesar de eso, sin-
tió miedo y su frente se cubrió de sudor frío. Ocho
días más tarde ocuparía su puesto junto al campesi-
no, en la misma tierra que había profanado para
arrebatarle el cuerpo de su hijito.
Recuperó de inmediato su sangre fría y ocultó