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cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un mo-
vimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños
cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del
cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un
semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación
mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar,
tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso
se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo
una mujer. El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes
curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no
sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un
accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado,
nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban,
saquen eso de ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve
a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían
llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero
el ciego dijo que no, que no quería tanto, sólo quería que lo
acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado,
me harían un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz
respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos aparcarlo en la
acera. No es necesario, intervino una tercera voz, yo conduciré el
coche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos de
aprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo, Venga, venga
conmigo, decía la misma voz. Lo ayudaron a sentarse en el asiento de
al lado del conductor, le abrocharon el cinturón de seguridad. No veo,
no veo, murmuraba el hombre llorando, Dígame dónde vive, pidió el
otro. Por las ventanillas del coche acechaban caras voraces, golosas
de la novedad. El ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada,
es como si estuviera en medio de una niebla espesa, es como si
hubiera caído en un mar de leche, Pero la ceguera no es así, dijo el
otro, la ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco, A lo
mejor tiene razón la mujer, será cosa de nervios, los nervios son el
diablo, Yo sé muy bien lo que es esto, una desgracia, sí, una
desgracia, Dígame dónde vive, por favor, al mismo tiempo se oyó que
el motor se ponía en marcha. Balbuceando, como si la falta de visión
hubiera debilitado su memoria, el ciego dio una dirección, luego dijo,
No sé cómo voy a agradecérselo, y el otro respondió, Nada, hombre,
no tiene importancia, hoy por ti, mañana por mí, nadie sabe lo que le
espera, Tiene razón, quién me iba a decir a mí, cuando salí esta