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que le ayude a abrir la puerta, Gracias, creo que podré hacerlo yo
solo. Sacó del bolsillo unas llaves, las tanteó, una por una, pasando la
mano por los dientes de sierra, dijo, Ésta debe de ser, y, palpando la
cerradura con la punta de los dedos de la mano izquierda intentó abrir
la puerta, No es ésta, Déjeme a mí, a ver, yo le ayudaré. A la tercera
tentativa se abrió la puerta. Entonces el ciego preguntó hacia dentro,
Estás ahí. Nadie respondió, y él, Es lo que dije, no ha venido aún. Con
los brazos hacia delante, tanteando, pasó hacia el corredor, luego se
volvió cautelosamente, orientando la cara en la dirección en que
pensaba que estaría el otro, Cómo podré agradecérselo, dijo, Me he
limitado a hacer lo que era mi deber, se justificó el buen samaritano,
no tiene que agradecerme nada, y añadió, Quiere que le ayude a
sentarse, que le haga compañía hasta que llegue su mujer. Tanto celo
le pareció de repente sospechoso al ciego, evidentemente, no iba a
meter en casa a un desconocido que, en definitiva, bien podría estar
tramando en aquel mismo momento cómo iba a reducirlo, atarlo y
amordazarlo, a él, un pobre ciego indefenso, para luego arramblar con
todo lo que encontrara de valor. No es necesario, dijo, no se moleste,
ya me las arreglaré, y mientras hablaba, iba cerrando la puerta
lentamente, No es necesario, no es necesario.
Suspiró aliviado al oír el ruido del ascensor bajando. Con un
gesto maquinal, sin recordar el estado en que se hallaba, abrió la
mirilla de la puerta y observó hacia el exterior. Al otro lado era como si
hubiera un muro blanco. Sentía el contacto del aro metálico en el arco
superciliar, rozaba con las pestañas la minúscula lente, pero no podía
ver nada, la blancura insondable lo cubría todo. Sabía que estaba en
su casa, la reconocía por el olor, por la atmósfera, por el silencio,
distinguía los muebles y los objetos sólo con tocarlos, les pasaba los
dedos por encima, levemente, pero era como si todo estuviera
diluyéndose en una especie de extraña dimensión, sin direcciones ni
referencias, sin norte ni sur, sin bajo ni alto. Como probablemente ha
hecho todo el mundo, había jugado en algunas ocasiones, en la
adolescencia, al juego de Y si fuese ciego, y al cabo de cinco minutos
con los ojos cerrados había llegado a la conclusión de que la ceguera,
sin duda una terrible desgracia, podría ser relativamente soportable si
la víctima conservara un recuerdo suficiente, no sólo de los colores,
sino también de las formas y de los planos, de las superficies y de los
contornos, suponiendo, claro está, que aquella ceguera no fuese de
nacimiento. Había llegado incluso a pensar que la oscuridad en que