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los ciegos vivían no era, en definitiva, más que la simple ausencia de
luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la
apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo
negro. Ahora, al contrario, se encontraba sumergido en una albura tan
luminosa, tan total, que devoraba no sólo los colores, sino las propias
cosas y los seres, haciéndolos así doblemente invisibles.
Al moverse en dirección a la sala de estar, y pese a la prudente
lentitud con que avanzaba, deslizando la mano vacilante a lo largo de
la pared, tiró al suelo un jarrón de flores con el que no contaba. Lo
había olvidado, o quizá lo hubiera dejado allí la mujer cuando salió
para el trabajo, con intención de colocarlo luego en el sitio adecuado.
Se inclinó para evaluar la magnitud del desastre. El agua corría por el
suelo encerado. Quiso recoger las flores, pero no pensó en los vidrios
rotos, una lasca larga, finísima, se le clavó en un dedo, y él volvió a
gemir de dolor, de abandono, como un chiquillo, ciego de blancura en
medio de una casa que, al caer la tarde, empezaba a cubrirse de
oscuridad. Sin dejar las flores, notando que por su mano corría la
sangre, se inclinó para sacar el pañuelo del bolsillo y envolver el dedo
como pudiese. Luego, palpando, tropezando, bordeando los muebles,
pisando cautelosamente para no trastabillar con las alfombras, llegó
hasta el sofá donde él y su mujer veían la televisión. Se sentó, dejó las
flores en el regazo y, con mucho cuidado, desenrolló el pañuelo. La
sangre, pegajosa al tacto, le inquietó, pensó que sería porque no
podía verla, su sangre era ahora una viscosidad sin color, algo en
cierto modo ajeno a él y que, pese a todo, le pertenecía, pero como
una amenaza contra sí mismo. Despacio, palpando levemente con la
mano buena, buscó la fina esquirla de vidrio, aguda como una
minúscula espada, y, haciendo pinza con las uñas del pulgar y del
índice, consiguió extraerla entera. Envolvió de nuevo el dedo herido en
el pañuelo, lo apretó para restañar la sangre, y, rendido, agotado, se
reclinó en el sofá. Un minuto después, por una de esas extrañas
dimisiones del cuerpo, que escoge, para renunciar, ciertos momentos
de angustia o de desesperación, cuando, si se gobernase
exclusivamente por la lógica, todo él debería estar en vela y tenso, le
entró una especie de sopor, más somnolencia que sueño auténtico,
pero tan pesado como él. Inmediatamente soñó que estaba jugando al
juego de Y si fuese ciego, soñaba que cerraba y abría los ojos muchas
veces, y que, cada vez, como si estuviera regresando de un viaje, lo
estaban esperando, firmes e inalteradas, todas las formas y los