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colores, el mundo tal como lo conocía. Por debajo de esta certidumbre
tranquilizadora percibía, no obstante, la agitación sorda de una duda,
tal vez se tratase de un sueño engañador, un sueño del que
forzosamente despertaría más pronto o más tarde, sin saber, en aquel
momento, qué realidad le estaría aguardando. Después, si tal palabra
tiene algún sentido aplicada a una quiebra que sólo duró unos
instantes, y ya en el estado de media vigilia que va preparando el
despertar, pensó seriamente que no está bien mantenerse en una
indecisión semejante, me despierto, no me despierto, me despierto, no
me despierto, siempre llega un momento en que no hay más remedio
que arriesgarse, Qué hago aquí, con estas flores sobre las piernas y
los ojos cerrados, que parece que tengo miedo de abrirlos, Qué haces
tú ahí, durmiendo, con esas flores sobre las piernas, le preguntaba la
mujer.
No había esperado la respuesta. Ostentosamente empezó a
recoger los restos del jarrón y a secar el suelo, mientras rezongaba
algo, con una irritación que no intentaba siquiera disimular, Bien
podrías haberlo hecho tú en vez de tumbarte a la bartola, como si la
cosa no fuera contigo. Él no dijo nada, protegía los ojos tras los
párpados apretados, súbitamente agitado por un pensamiento, Y si
abro los ojos y veo, se preguntaba, dominado todo él por una ansiosa
esperanza. La mujer se acercó, vio el pañuelo manchado de sangre,
su irritación cedió en un instante, Pobre, qué te ha pasado, preguntaba
compadecida mientras desataba el vendaje. Entonces él, con todas
sus fuerzas, deseó ver a su mujer arrodillada a sus pies, allí, como
sabía que estaba, y después, ya seguro de que no iba a verla, abrió
los ojos, Vaya, has despertado al fin, dormilonazo, dijo ella sonriendo.
Se hizo un silencio, y él dijo, Estoy ciego, no te veo. La mujer se
enfadó, Déjate de bromas estúpidas, hay cosas con las que no se
debe bromear, Ojalá fuese una broma, la verdad es que estoy
realmente ciego, no veo nada, Por favor, no me asustes, mírame,
estoy aquí, la luz está encendida, Sé que estás ahí, te oigo, te toco,
supongo que has encendido la luz, pero estoy ciego. Ella rompió a
llorar, se agarró a él, No es verdad, dime que no es verdad. Las flores
se habían deslizado hasta el suelo, sobre el pañuelo manchado, la
sangre volvía a gotear del dedo herido, y él, como si con otras
palabras quisiera decir Del mal el menos, murmuró, Lo veo todo
blanco, y luego sonrió tristemente. La mujer se sentó a su lado, lo
abrazó mucho, lo besó con cuidado en la frente, en la cara,