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Se quedaron en silencio hasta llegar al consultorio del médico.
Ella intentaba apartar del pensamiento el robo del coche, apretaba
cariñosamente las manos del marido entre las suyas, mientras él, con
la cabeza baja para que el taxista no pudiera verle los ojos por el
retrovisor, no dejaba de preguntarse cómo era posible que aquella
desgracia le ocurriera precisamente a él, Por qué a mí. A los oídos le
llegaba el rumor del tráfico, una u otra voz más alta cuando se detenía
el taxi, también ocurre a veces, estamos dormidos, y los ruidos
exteriores van traspasando el velo de la inconsciencia en que aún
estamos envueltos, como en una sábana blanca. Como una sábana
blanca. Movió la cabeza suspirando, la mujer le tocó levemente la
cara, era como si le dijese, Tranquilo, estoy aquí, y él dejó que su
cabeza cayera sobre el hombro de ella, no le importó lo que pudiera
pensar el taxista, Si tú estuvieras como yo, no podrías conducir,
dedujo infantilmente, y, sin reparar en lo absurdo del enunciado, se
congratuló por haber sido capaz, en medio de su desesperación, de
formular un razonamiento lógico. Al salir del taxi, discretamente
ayudado por la mujer, parecía tranquilo, pero, a la entrada del
consultorio, donde iba a conocer su suerte, le preguntó en un
murmullo estremecido, Cómo estaré cuando salga de aquí, y movió la
cabeza como quien ya nada espera.
La mujer explicó a la recepcionista que era la persona que había
llamado hacía media hora por la ceguera del marido, y ella los hizo
pasar a una salita donde esperaban otros enfermos. Estaban un viejo
con una venda negra cubriéndole un ojo, un niño que parecía
estrábico y que iba acompañado por una mujer que debía de ser la
madre, una joven de gafas oscuras, otras dos personas sin
particulares señales a la vista, pero ningún ciego, los ciegos no van al
oftalmólogo. La mujer condujo al marido hasta una silla libre y, como
no quedaba otro asiento, se quedó de pie a su lado, Vamos a tener
que esperar, le murmuró al oído. Él se había dado cuenta ya, porque
había oído hablar a los que aguardaban, ahora lo atormentaba una
preocupación diferente, pensaba que cuanto más tardase el médico en
examinarlo, más profunda se iría haciendo su ceguera, y por lo tanto
incurable, sin remedio. Se removió en la silla, inquieto, iba a comunicar
sus temores a la mujer, pero en aquel momento se abrió la puerta y la
enfermera dijo, Pasen ustedes, por favor, y, dirigiéndose a los otros,
Es orden del doctor, es un caso urgente. La madre del chico estrábico
protestó, el derecho es el derecho, ellos estaban primero y llevaban