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poco, hicimos de los ojos una especie de espejos vueltos hacia dentro,
con el resultado, muchas veces, de que acaban mostrando sin reserva
lo que estábamos tratando de negar con la boca. A esto, que es
general, se añade la circunstancia particular de que, en espíritus
simples, el remordimiento causado por el mal cometido se confunde
frecuentemente con miedos ancestrales de todo tipo, de lo que resulta
que el castigo del prevaricador acaba siendo, sin palo ni piedra, dos
veces el merecido. No será posible, pues, en este caso, deslindar qué
parte de los miedos y qué parte de la conciencia abatida empezaron a
conturbar al ladrón en cuanto puso el coche en marcha. Sin duda, no
podría resultar tranquilizador ir sentado en el lugar de alguien que
sostenía con las manos este mismo volante en el momento en que se
quedó ciego, que miró a través de este parabrisas en el momento en
que, de repente, sus ojos dejaron de ver, no es preciso estar dotado
de mucha imaginación para que tales pensamientos despierten la
inmunda y rastrera bestia del pavor, ahí está, alzando ya la cabeza.
Pero era también el remordimiento, expresión agravada de una
conciencia, como antes dijimos, o, si queremos describirlo en términos
sugestivos, una conciencia con dientes para morder, quien ponía ante
él la imagen desamparada del ciego cerrando la puerta, No es
necesario, no es necesario, había dicho el pobre hombre, y desde
aquel momento en adelante no podría dar un paso sin ayuda.
El ladrón redobló la atención sobre el tráfico para impedir que
pensamientos tan atemorizadores ocuparan por entero su espíritu,
sabía bien que no debía permitirse el menor error, la mínima
distracción. La policía andaba por allí, bastaba que algún guardia lo
mandara parar, A ver, la documentación del coche, el carné, y otra vez
a la cárcel, la dureza de la vida. Ponía el mayor cuidado en obedecer
los semáforos, nunca pasarse el rojo, respetar el amarillo, esperar con
paciencia hasta que aparezca el verde. A cierta altura se dio cuenta de
que estaba empezando a mirar las luces de forma obsesiva. Pasó
entonces a regular la velocidad de manera que pudiera coger la onda
verde, aunque a veces, para conseguirlo, tuviera que aumentar la
velocidad, o, al contrario, reducirla hasta el punto de provocar la
irritación de los conductores que venían detrás. Al fin, desorientado,
tenso a más no poder, acabó por dirigir el coche hacia una calle
transversal secundaria en la que no había semáforos, y lo estacionó
casi sin mirar, que buen conductor sí era. Estaba al borde de un
ataque de nervios, con estas palabras exactas lo pensó, A ver si ahora