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reaccionando correctamente a los estímulos luminosos a través del
nervio óptico, pero, para decirlo en lenguaje común, al alcance de
gente poco informada, habría perdido la capacidad de saber que
sabía, y, más aún, de decirlo. En cuanto a la amaurosis, no cabía la
menor duda. Para que lo fuese efectivamente, el paciente tendría que
verlo todo negro, salvando, desde luego, el uso de tal verbo, ver,
cuando de tinieblas absolutas se trata. El ciego había afirmado
categóricamente que veía, salvado sea también el verbo, un color
blanco uniforme, denso, como si, con los ojos abiertos, se encontrara
sumergido en un mar lechoso. Una amaurosis blanca, aparte de ser
etimológicamente una contradicción, sería también una imposibilidad
neurológica, visto que el cerebro, que no podría entonces percibir las
imágenes, las formas y los colores de la realidad, tampoco podría, por
decirlo así, cubrir de blanco, de un blanco continuo, como pintura
blanca sin tonalidades, los colores, las formas y las imágenes que la
misma realidad presentase a una visión normal, por problemático que
resulte hablar, con efectiva propiedad, de visión normal. Con la
conciencia clarísima de encontrarse metido en un callejón aparen-
temente sin salida, el médico movió la cabeza desalentado y miró a su
alrededor. Su mujer se había retirado ya, recordaba vagamente que se
le había acercado un momento y que le había besado en el pelo, Me
voy a acostar, debió de decir, la casa estaba ahora silenciosa, sobre la
mesa se veían los libros dispersos, Qué será esto, pensó, y de pronto
sintió miedo, como si también él fuera a quedarse ciego en el instante
siguiente y lo supiera ya. Contuvo la respiración y esperó. No ocurrió
nada. Ocurrió un momento después, cuando juntaba los libros para
ordenarlos en la estantería. Primero se dio cuenta de que había
dejado de verse las manos, después supo que estaba ciego.
El mal de la muchacha de las gafas oscuras no era grave, tenía
sólo una conjuntivitis de lo más sencilla, que el remedio que le había
recetado el médico iba a resolver en poco tiempo. Ya sabe, durante
estos días sólo se tiene que quitar las gafas para dormir, le había
dicho. La broma era antigua, seguro que había pasado de generación
en generación de oftalmólogos, pero el efecto se repetía siempre, el
médico sonreía al decirlo, sonreía el paciente al oírlo, y en este caso
valía la pena, pues la muchacha tenía bonitos dientes, y sabía cómo
mostrarlos. Por natural misantropía o por excesivas decepciones en la
vida, cualquier escéptico común, conocedor de los pormenores de la
vida de esta mujer, insinuaría que la belleza de la sonrisa no pasaba