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de ser artimaña del oficio, pero sería una afirmación malvada y
gratuita, porque aquella sonrisa ya era así en los tiempos, no tan
distantes, en los que aquella mujer era una chiquilla, palabra en
desuso, cuando el futuro era una carta cerrada y aún estaba por nacer
la curiosidad de abrirla. Simplificando, pues, se podría incluir a esta
mujer en la categoría de las llamadas prostitutas, pero la complejidad
del entramado de relaciones sociales, tanto diurnas como nocturnas,
tanto verticales como horizontales, de la época aquí descrita, aconseja
moderar cualquier tendencia a los juicios perentorios, definitivos,
manía de la que, por exagerada suficiencia, nunca conseguiremos
librarnos. Aunque sea evidente lo mucho que de nube hay en Juno, no
es lícito obstinarse en confundir con una diosa griega lo que no pasa
de ser una vulgar masa de gotas de agua flotando en la atmósfera. Sin
duda, esta mujer va a la cama a cambio de dinero, lo que permitiría,
probablemente, y sin más
consideraciones, clasificarla como prostituta,
pero, siendo cierto que sólo va cuando quiere y con quien ella quiere,
no es desdeñable la probabilidad de que tal diferencia de derecho
deba determinar cautelarmente su exclusión del gremio, entendido
como un todo. Ella tiene, como la gente normal, una profesión, y,
también, como la gente normal, aprovecha las horas que le quedan
libres para dar algunas alegrías al cuerpo y suficientes satisfacciones
a sus necesidades, tanto a las particulares como a las generales. Si no
se pretende reducirla a una definición primaria, lo que en definitiva
debería decirse de ella, en sentido lato, es que vive como le apetece y,
además, saca de ello todo el placer que puede.
Se había hecho de noche cuando salió del consultorio. No se
quitó las gafas, la iluminación de las calles le molestaba,
especialmente la de los anuncios. Entró en una farmacia a comprar el
colirio que el médico le había recetado, decidió no darse por aludida
cuando el dependiente dijo que es injusto que ciertos ojos anden
cubiertos por cristales oscuros, observación que, aparte de
impertinente en sí misma, y además expresada por un mancebo de
botica, imaginen, venía a contrariar su convicción de que las gafas
oscuras le daban un aire embriagador y misterioso capaz de provocar
el interés de los hombres que pasaban, y, eventualmente,
corresponderles, de no darse hoy la circunstancia de que alguien la
está esperando, una cita que promete mucho, tanto en lo referente a
satisfacciones materiales como a satisfacciones de otro tipo. El
hombre con quien iba a verse era un conocido, no le importó que ella