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le dijera que no podría quitarse las gafas oscuras, aunque el médico
no le había dado aún orden al respecto, el caso es que al hombre
hasta le hizo gracia, era una novedad. A la salida de la farmacia, la
muchacha llamó un taxi, dio el nombre de un hotel. Recostada en el
asiento, prelibaba ya, si se acepta el término, las distintas y múltiples
sensaciones del goce sensual, desde el primer y sabio roce de labios,
desde la primera caricia íntima, hasta las sucesivas explosiones de un
orgasmo que la dejaría agotada y feliz, como si la estuvieran
crucificando, dicho sea con perdón, en una girándula ofuscadora y
vertiginosa. Tenemos, pues, razones para concluir que la chica de las
gafas oscuras, si la pareja supo cumplir cabalmente, en tiempo y
técnica, con su obligación, paga siempre por adelantado y el doble de
lo que luego cobra. En medio de estos pensamientos, sin duda porque
había pagado hacía un momento una consulta, se preguntó si no sería
conveniente subir, a partir de hoy mismo, su tarifa, lo que, con risueño
optimismo, solía llamar su justo nivel de compensación.
Mandó parar el taxi una manzana antes, se mezcló con la gente
que iba en la misma dirección, como dejándose llevar por ella,
anónima y sin ninguna culpa notoria. Entró en el hotel con aire natural,
cruzó el vestíbulo hacia el bar. Llegaba con unos minutos de adelanto,
y tendría que esperar, pues la hora de la cita había sido fijada con
precisión. Pidió un refresco y lo tomó sosegadamente, sin posar los
ojos en nadie, no quería que la confundieran con una vulgar cazadora
de hombres. Un poco más tarde, como una turista que sube al cuarto
a descansar después de haber pasado la tarde por los museos, se
dirigió al ascensor. La virtud, habrá aún quien lo ignore, siempre
encuentra escollos en el durísimo camino de la perfección, pero el
pecado y el vicio se ven tan favorecidos por la fortuna que todo fue
llegar y se abrieron ante ella las puertas del ascensor. Salieron dos
huéspedes, un matrimonio de edad avanzada, ella entró y apretó el
botón del tercero, trescientos doce era el número que la esperaba, es
aquí, llamó discretamente a la puerta, diez minutos después estaba ya
desnuda, a los quince gemía, a los dieciocho susurraba palabras de
amor que ya no tenía necesidad de fingir, a los veinte empezaba a
perder la cabeza, a los veintiuno sintió que su cuerpo se desquiciaba
de placer, a los veintidós gritó, Ahora, ahora, y cuando recuperó la
conciencia, dijo, agotada y feliz, Aún lo veo todo blanco.