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Al ladrón del coche lo llevó un policía a casa. No podía el
circunspecto y compasivo agente de la autoridad imaginar que llevaba
a un empedernido delincuente cogido por el brazo, y no para impedir
que se escapara, como habría ocurrido en otra ocasión, sino,
simplemente, para que el pobre hombre no tropezara y se cayera. En
compensación, nos es muy fácil imaginar el susto de la mujer del
ladrón cuando, al abrir la puerta, se encontró ante ella con un policía
de uniforme que traía sujeto, o así le pareció, a un decaído prisionero,
a quien, a juzgar por la tristeza de la cara, debía de haberle ocurrido
algo peor que la detención. Por un instante, pensó la mujer que
habrían atrapado a su hombre en flagrante delito y que el policía
estaba allí para registrar la casa, idea ésta, por otra parte, y por
paradójico que parezca, bastante tranquilizadora, considerando que el
marido sólo robaba coches, objetos que, por su tamaño, no se pueden
ocultar bajo la cama. No duró mucho la duda, pues el policía dijo, Este
señor está ciego, encárguese de él, y la mujer, que debería sentirse
aliviada porque el agente venía al fin sólo de acompañante, percibió la
dimensión de la fatalidad que le entraba por la puerta cuando un
marido deshecho en lágrimas cayó en sus brazos diciendo lo que ya
sabemos.
La chica de las gafas oscuras también fue conducida a casa de
sus padres por un policía, pero lo picante de las circunstancias en que
la ceguera se manifestó, una mujer desnuda, gritando en un hotel,
alborotando a los clientes, mientras el hombre que estaba con ella
intentaba escabullirse embutiéndose trabajosamente los pantalones,
moderaba, en cierto modo, el dramatismo obvio de la situación. La
ciega, corrida de vergüenza, sentimiento en todo compatible, por
mucho que rezonguen los prudentes fingidos y los falsos virtuosos,
con los mercenarios ejercicios amatorios a que se dedicaba, tras los
gritos lacerantes que dio al comprender que la pérdida de visión no era
una nueva e imprevista consecuencia del placer, apenas se atrevía a
llorar y lamentarse cuando, con malos modos, vestida a toda prisa,
casi a empujones, la llevaron fuera del hotel. El policía, en tono que
sería sarcástico si no fuera simplemente grosero, quiso saber,
después de haberle preguntado dónde vivía, si tenía dinero para el