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taxi, En estos casos, el Estado no paga, advirtió, procedimiento al que,
anotémoslo al margen, no se le puede negar cierta lógica, dado que
esas personas pertenecen al número de las que no pagan impuestos
sobre el rendimiento de sus inmorales réditos. Ella afirmó con la
cabeza, pero, estando ciega como estaba, pensó que quizá el policía
no había visto su gesto y murmuró, Sí, tengo, y para sí, añadió, Y ojalá
no lo tuviera, palabras que nos parecerán fuera de lugar, pero que, si
atendemos a las circunvoluciones del espíritu humano, donde no
existen caminos cortos y rectos, acaban, esas palabras, por resultar
absolutamente claras, lo que quiso decir es que había sido castigada
por su mal comportamiento, por su inmoralidad, en una palabra. Le
dijo a su madre que no iría a cenar, y ahora resulta que iba a llegar
muy a tiempo, antes incluso que el padre.
Diferente fue lo que pasó con el oculista, no sólo porque estaba
en casa cuando le atacó la ceguera, sino porque, siendo médico, no
iba a entregarse sin más a la desesperación, como hacen aquellos
que de su cuerpo sólo saben cuando les duele. Hasta en una situación
como ésta, angustiado, teniendo por delante una noche de ansiedad,
fue aún capaz de recordar lo que Homero escribió en la
Ilíada,
poema
de la muerte y el sufrimiento sobre cualquier otro, Un médico, sólo por
sí, vale por varios hombres, palabras que no vamos a entender como
directamente cuantitativas sino cualitativamente, como
comprobaremos enseguida. Tuvo el valor de acostarse sin despertar a
la mujer, ni siquiera cuando ella, murmurando medio dormida, se
movió en la cama para sentirlo más próximo. Horas y horas despierto,
lo poco que consiguió dormir fue por puro agotamiento. Deseaba que
no terminara la noche para no tener que anunciar, él, cuyo oficio era
curar los males de los ojos ajenos, Estoy ciego, pero al mismo tiempo
quería que llegase rápidamente la luz del día, con estas exactas
palabras lo pensó, La luz del día, sabiendo que no iba a verla.
Realmente, un oftalmólogo ciego no serviría para mucho, pero tenía
que informar a las autoridades sanitarias, avisar de lo que podría estar
convirtiéndose en una catástrofe nacional, nada más y nada menos
que un tipo de ceguera desconocido hasta ahora, con todo el aspecto
de ser muy contagioso y que, por lo visto, se manifestaba sin previa
existencia de patologías anteriores de carácter inflamatorio, infeccioso
o degenerativo, como pudo comprobar en el ciego que había ido a
verle al consultorio, o como en su mismo caso se confirmaría, una
miopía leve, un leve astigmatismo, todo tan ligero que de momento