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había decidido no usar lentes
correctoras. Ojos que habían dejado de
ver, ojos que estaban totalmente ciegos, pero que se encontraban en
perfecto estado, sin la menor lesión, reciente o antigua, de origen o
adquirida. Recordó el examen minucioso que había hecho al ciego, y
cómo las diversas partes del ojo accesibles al oftalmoscopio se
presentaban sanas, sin señal de alteraciones mórbidas, situación muy
rara a los treinta y ocho años que el hombre había dicho tener, y hasta
en gente, de menos edad. Aquel hombre no debía de estar ciego,
pensó, olvidando por unos instantes que también él lo estaba, hasta
este punto puede llegar la abnegación, y esto no es cosa de ahora,
recordemos lo que dijo Homero, aunque con palabras que parecen
diferentes.
Cuando la mujer se levantó, se fingió dormido. Sintió el beso que
ella le dio en la frente, muy suave, como si no quisiera despertarlo de
lo que creía un sueño profundo, quizá había pensado, Pobrecillo, se
acostó tarde, estudiando aquel extraordinario caso del infeliz hombre
ciego. Solo, como si se fuera apoderando de él lentamente una nube
espesa que le cargase sobre el pecho y le entrase por las narices
cegándolo por dentro, el médico dejó brotar un gemido breve, permitió
que dos lágrimas, Serán blancas, pensó, le inundaran los ojos y se
derramaran por las mejillas, a un lado y a otro de la cara, ahora
comprendía el miedo de sus pacientes cuando le decían, Doctor, me
parece que estoy perdiendo la vista. Llegaban hasta el dormitorio los
pequeños ruidos domésticos, no tardaría la mujer en acercarse a ver si
seguía durmiendo, era ya casi la hora de salir para el hospital. Se
levantó con cuidado, a tientas buscó y se puso el batín, entró en el
cuarto de baño, orinó. Luego se volvió hacia donde sabía que estaba
el espejo, esta vez no preguntó Qué será esto, no dijo Hay mil razones
para que el cerebro humano se cierre, sólo extendió las manos hasta
tocar el vidrio, sabía que su imagen estaba allí, mirándolo, la imagen lo
veía a él, él no veía la imagen. Oyó que la mujer entraba en el cuarto,
Ah, estás ya levantado, dijo, y él respondió, Sí. Luego la sintió a su
lado, Buenos días, amor, se saludaban aún con palabras de cariño
después de tantos años de casados, y entonces él dijo, como si los
dos estuvieran representando un papel y ésta fuera la señal para que
iniciara su frase, Creo que no van a ser muy buenos, tengo algo en la
vista. Ella sólo prestó atención a la última parte de la frase, Déjame
ver, pidió, le examinó los ojos con atención, No veo nada, la frase
estaba evidentemente cambiada, no correspondía al papel de la mujer,