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era él quien tenía que pronunciarla, pero la dijo sencillamente, así, No
veo, y añadió, Supongo que el enfermo de ayer me ha contagiado su
mal.
Con el tiempo y la intimidad, las mujeres de los médicos acaban
también por entender algo de medicina, y ésta, tan próxima en todo a
su marido, había aprendido lo bastante para saber que la ceguera no
se pega sólo porque un ciego mire a alguien que no lo es, la ceguera
es una cuestión privada entre la persona y los ojos con que nació. En
todo caso, un médico tiene la obligación de saber lo que dice, para eso
ha ido a la Facultad, y si éste, aparte de haberse declarado ciego,
admite la posibilidad de que le hayan contagiado, quién es la mujer
para dudarlo, por mucho de médico que sea. Se comprende, pues,
que la pobre señora, ante la evidencia indiscutible, acabara por
reaccionar como cualquier esposa vulgar, dos conocemos ya,
abrazándose al marido, ofreciendo las naturales muestras de dolor, Y
ahora, qué vamos a hacer, preguntaba entre lágrimas, Tenemos que
avisar a las autoridades sanitarias, al ministerio, es lo más urgente, si
se trata realmente de una epidemia hay que tomar providencias, Pero
una epidemia de ceguera es algo que nunca se ha visto, alegó la
mujer queriendo agarrarse a esta última esperanza, Tampoco se ha
visto nunca un ciego sin motivos aparentes para serlo, y en este mo-
mento hay, al menos, dos. Apenas había acabado de pronunciar la
última palabra cuando se le transformó el rostro. Empujó a la mujer
casi con violencia, él mismo retrocedió, Apártate, no te acerques a mí,
puedo contagiarte, y luego, golpeándose la cabeza con los puños
cerrados, Estúpido, estúpido, médico idiota, cómo no lo pensé, una
noche entera juntos, tendría que haberme quedado en el despacho,
con la puerta cerrada, e incluso así, Por favor, no hables de esa
manera, lo que haya de ser, será, anda, ven, te voy a preparar el
desayuno, Déjame, déjame, No te dejo, gritó la mujer, qué quieres ha-
cer, andar por ahí dando tumbos, chocando contra los muebles,
buscando a tientas el teléfono, sin ojos para encontrar en el listín los
números que necesitas, mientras yo asisto tranquilamente al
espectáculo, metida en una redoma de cristal a prueba de
contaminación. Lo agarró del brazo con firmeza, y dijo, Vamos, amor.
Era aún temprano cuando el médico acabó de tomar,
imaginemos con qué placer, su taza de café y la tostada que la mujer
se empeñó en prepararle, demasiado temprano para encontrar en su
sitio de trabajo a las personas a quienes debería informar. La lógica y