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Quédate ahí tranquilo, yo me encargo de todo. La oyó moverse de un
lado a otro, abrir y cerrar cajones, armarios, sacar ropa y luego
ordenarla en la maleta colocada en el suelo, pero lo que él no pudo ver
es que, aparte de su propia ropa, había metido unas cuantas faldas y
blusas, ropa interior, un vestido, unos zapatos que sólo podían ser de
mujer. Pensó vagamente que no iba a necesitar tantas cosas, pero se
calló porque no era el momento de hablar de insignificancias. Se oyó
el restallido de las cerraduras, luego la mujer dijo, Bueno, ya puede
venir la ambulancia. Llevó la maleta al vestíbulo, la dejó junto a la
puerta, rechazando la ayuda del marido, que decía, Déjame ayudarte,
eso puedo hacerlo yo, no estoy tan inválido. Luego se sentaron en el
sofá de la sala, esperando. Tenían las manos cogidas, y él dijo, No sé
cuánto tiempo vamos a tener que estar separados, y ella respondió,
No te preocupes.
Esperaron casi una hora. Cuando sonó el timbre de la puerta,
ella se levantó y fue a abrir, pero en el descansillo no había nadie.
Descolgó el interfono, Muy bien, ahora baja, respondió. Se volvió hacia
el marido y le dijo, Que esperan ahí abajo, tienen orden expresa de no
subir, Por lo visto en el ministerio están realmente asustados, Vamos.
Tomaron el ascensor, ella ayudó al marido a bajar los últimos
escalones, luego a entrar en la ambulancia, volvió al portal a buscar la
maleta, la alzó ella sola y la empujó hacia dentro. Después subió a la
ambulancia y se sentó al lado del marido. El conductor protestó desde
el asiento delantero. Sólo puedo llevarlo a él, son las órdenes que
tengo, tiene usted que salir. La mujer respondió con calma, Tiene que
llevarme también a mí, acabo de quedarme ciega.