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grande, y la vigilancia de los internos sería difícil y costosa, Entiendo,
En cuanto al hipermercado, habría que contar, probablemente, con
impedimentos jurídicos diversos, cuestiones legales a tener en cuenta,
Y la feria, La feria, señor ministro, creo que sería mejor no pensar en
ella, Por qué, No le gustaría al ministerio de Industria, se han invertido
allí millones, Queda el manicomio, Sí, señor ministro, el manicomio,
Pues el manicomio, Sin duda es el edificio más adecuado, porque,
aparte de estar rodeado de una tapia en todo su perímetro, tiene la
ventaja de que se compone de dos alas, una que destinaremos a los
ciegos propiamente dichos, y otra para los contaminados, aparte de un
cuerpo central que servirá, por así decir, de tierra de nadie, por donde
los que se queden ciegos podrán pasar hasta juntarse a los que ya lo
están. Veo un problema, Cuál, señor ministro, Nos veremos obligados
a meter allí personal para orientar las transferencias, y no creo que
haya voluntarios, No creo que sea necesario, señor ministro, A ver,
explíquese, En caso de que uno de los contaminados se quede ciego,
como es natural que ocurra antes o después, los que aún conservan la
vista lo echarán de allí de inmediato, Es verdad, Del mismo modo que
no permitirían la entrada de un ciego que quisiera cambiar de sitio,
Bien pensado, Gracias, señor ministro, podemos pues poner en
marcha el plan, Sí, tiene carta blanca.
La comisión actuó con rapidez y eficacia. Antes de que
anocheciera ya habían sido recogidos todos los ciegos de que había
noticia, y también cierto número de posibles contagiados, al menos
aquellos a quienes fue posible identificar y localizar en una rápida
operación de rastreo ejercida sobre todo en los medios familiares y
profesionales de los afectados por la pérdida de visión. Los primeros
en ser trasladados al manicomio desocupado fueron el médico y su
mujer. Había soldados de vigilancia. Se abrió el portalón para que los
ciegos pasaran, y luego fue cerrado de inmediato. Sirviendo de
pasamanos, una gruesa cuerda iba del portón de entrada a la puerta
principal del edificio. Sigan un poco hacia la derecha, ahí hay una
cuerda, agárrenla y síganla siempre hacia delante, hacia delante,
hasta los escalones, los escalones son seis, advirtió un sargento. Ya
en el interior, la cuerda se bifurcaba, una hacia la izquierda, otra hacia
la derecha, el sargento gritó, Atención, su lado es el derecho. Al
tiempo que arrastraba la maleta, la mujer guiaba al marido hacia la
sala más próxima a la entrada. Era amplia como una enfermería
antigua, con dos filas de camas pintadas de un gris ceniciento, pero ya