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con la pintura descascarillada. Las mantas, las sábanas y las colchas
eran del mismo color. La mujer llevó al marido al fondo de la sala, lo
hizo sentarse en una de las camas, y le dijo, No salgas de aquí, voy a
ver cómo es esto. Había más salas, corredores largos y estrechos,
gabinetes que habrían servido como despachos de los médicos,
letrinas empercudidas, una cocina que conservaba aún el hedor de
mala comida, un enorme refectorio con mesas forradas de cinc, tres
celdas acolchadas hasta la altura de dos metros y cubiertas de
láminas de corcho a partir de ahí. Detrás del edificio había un cercado
abandonado, un jardín con árboles descuidados, los troncos parecían
desollados. Se encontraba basura por todas partes. La mujer del
médico volvió hacia dentro. En un armario medio abierto encontró
camisas de fuerza. Cuando llegó junto al marido le preguntó, A que no
eres capaz de imaginar adónde nos han traído, No, iba a añadir, A un
manicomio, pero él se adelantó, Tú no estás ciega, no puedo permitir
que te quedes aquí, Sí, tienes razón, no estoy ciega, Voy a pedirles
que te lleven a casa, les diré que los engañaste para quedarte
conmigo, No vale la pena, desde donde están no te oyen, y, aunque te
oyeran no te harían caso, Pero tú puedes ver, Por ahora, lo más
probable es que me quede también ciega un día de éstos o dentro de
un minuto, Vete, por favor, No insistas, además, estoy segura de que
los soldados no me dejarían poner un pie fuera, No te puedo obligar,
No, amor mío, no puedes, me quedo aquí para ayudarte y para ayudar
a los que vengan, pero no les digas que yo veo, Qué otros, No creerás
que vamos a ser los únicos, Esto es una locura, Debe serlo, estamos
en un manicomio.
Los otros llegaron juntos. Los habían recogido en sus casas, uno
tras otro, el del automóvil fue el primero, el ladrón que lo robó, la chica
de las gafas oscuras, el niño estrábico, ése no, a ése lo fueron a
buscar al hospital al que su madre lo había llevado. La madre no venía
con él, no había tenido la astucia de la mujer del médico, decir que
estaba ciega sin estarlo, es una mujer sencilla, incapaz de mentir, ni
siquiera en su beneficio. Entraron en la sala tropezando, tanteando el
aire, aquí no había cuerda que los guiase, tendrían que ir aprendiendo
a costa de su dolor, el niño lloraba, llamaba a su madre, y era la chica
de las gafas oscuras la que intentaba sosegarlo, Ya viene, ya viene, le
decía, y como llevaba las gafas oscuras, tanto podía estar ciega como
no, los otros movían los ojos a un lado y a otro y nada veían, mientras
que ella, con aquellas gafas, sólo porque decía Ya viene, ya viene, era