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como si estuviera viendo entrar por la puerta a la madre desesperada.
La mujer del médico acercó la boca al oído del marido y susurró, Han
entrado cuatro, una mujer, dos hombres y un niño, Qué aspecto tienen
los hombres, preguntó el médico en voz baja, ella los fue describiendo,
y él, A ése no
lo conozco, el otro, por lo que dices, tiene todo el aire de
ser el ciego que fue a la consulta, El pequeño tiene estrabismo, y la
mujer que lleva gafas de sol parece bonita, Estuvieron allí los dos. A
causa del ruido que hacían buscando un sitio donde sentirse seguros,
los ciegos no oyeron este intercambio de palabras, pensarían que no
había allí otros como ellos, y no hacía tanto tiempo que habían perdido
la vista como para que se les avivase el sentido del oído por encima
de lo normal. Por fin, como si hubiesen llegado a la conclusión de que
no valía la pena cambiar lo seguro por lo dudoso, se sentó cada uno
en la cama con la que habían tropezado, los dos hombres estaban
muy cerca, pero no lo sabían. La chica, en voz baja, continuaba
consolando al niño, No llores, ya verás cómo tu madre no tarda. Se
hizo luego un silencio, y entonces la mujer del médico dijo de modo
que se oyera desde el fondo de la sala, donde estaba la puerta, Aquí
estamos dos personas más, cuántos son ustedes. La voz inesperada
sobresaltó a los recién llegados, pero los dos hombres continuaron
callados, quien respondió fue la joven, Creo que somos cuatro,
estamos este niño y yo, Quién
más, por qué no hablan los otros,
preguntó la mujer del médico, Estoy yo, murmuró, como si le costase
pronunciar las palabras, una voz de hombre, Y yo, rezongó a su vez,
contrariada, otra voz masculina. La mujer del médico dijo para sí, Se
comportan como si temieran darse a conocer el uno al otro. Los veía
crispados, tensos, el cuello en alto como si olfateasen algo, pero,
curiosamente, las expresiones eran semejantes, una mezcla de
amenaza y de miedo, pero el miedo de uno no era el mismo que el
miedo del otro, como tampoco lo eran las amenazas. Qué habrá entre
ellos, pensó.
En aquel mismo instante se oyó una voz fuerte y seca, de
alguien, por el tono, habituado a dar órdenes. Venía de un altavoz
colocado encima de la puerta por la que habían entrado, la palabra
Atención fue pronunciada tres veces, luego empezó la voz, El
Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo
que considera que es su deber y su derecho, proteger a la población
por todos los medios de que dispone en esta crisis por la que estamos
pasando, cuando parece comprobarse algo semejante a un brote