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cualquiera que sea la causa, los internos enterrarán sin formalidades
el cadáver en el cercado, decimotercero, la comunicación entre el ala
de los pacientes y el ala de los posibles contagiados se hará por el
cuerpo central del edificio, el mismo por el que han entrado,
decimocuarto, los contagiados que se queden ciegos se incorporarán
inmediatamente al ala segunda, en la que están los invidentes,
decimoquinto, esta comunicación será repetida todos los días, a esta
misma hora, para conocimiento de los nuevos ingresados. El Gobierno
y la Nación esperan que todos cumplan con su deber. Buenas noches.
En el silencio que siguió a estas palabras se oyó la voz del niño,
Quiero ver a mi madre, pero las palabras fueron articuladas sin
expresión, como un mecanismo repetidor automático que antes
hubiera dejado en suspenso una frase, y ahora, fuera de tiempo, la
soltase. El médico dijo, Las órdenes que acabamos de oír no dejan
dudas, estamos aislados, más aislados de lo que probablemente
jamás lo estuvo alguien anteriormente, y sin esperanza de poder salir
de aquí hasta que se descubra un remedio contra la enfermedad,
Conozco su voz, dijo la chica de las gafas oscuras, Soy médico,
médico oftalmólogo, Es el médico a quien fui a ver ayer, es su voz, sí,
Y usted, quién es, Tenía una conjuntivitis, supongo que la tengo aún,
pero ahora, ciega ya, la cosa no debe de tener la menor importancia, Y
ese niño que está con usted, No es mío, no tengo hijos, Ayer examiné
a un niño con estrabismo, eras tú, preguntó el médico, Sí señor, la
respuesta del niño salió con un tono de despecho, como si no le
gustara que mencionasen su defecto físico, y tenía razón, que
defectos tales, éstos y otros, sólo por el hecho de hablar de ellos
pasan de males perceptibles a males evidentes, Hay alguien a quien
no conozca, volvió a preguntar el médico, está aquí el hombre que fue
ayer a mi consultorio acompañado por su esposa, el que se quedó
ciego de repente cuando iba en su coche, Soy yo, respondió el primer
ciego, Hay
otra persona aún, que diga quién es, por favor, nos han
obligado a vivir juntos no sabemos por cuánto tiempo, es
indispensable que nos conozcamos unos a otros. El ladrón del coche
murmuró entre dientes, Sí, sí, creyó que aquello era suficiente para
confirmar su presencia, pero el oculista insistió, La voz suena como de
alguien relativamente joven, usted no es el enfermo de avanzada
edad, el que tenía catarata en un ojo, No, doctor, no lo soy, Y cómo se
quedó ciego, Iba por la calle, Y qué más, Nada más, iba por la calle y
me quedé ciego. El médico abría la boca para preguntar si su ceguera