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que el otro, Y qué importa el coche ahora, dijo la mujer del médico,
cuando se lo robaron tampoco podía servirse de él, Pero era
mío, y
este ladrón se lo llevó no sé adónde, Lo más probable, dijo el médico,
es que su coche esté en el sitio donde este hombre se quedó ciego,
Tiene usted razón, doctor, se nota que sabe, allí estará sin duda, dijo
el ladrón. El primer ciego hizo un movimiento como para soltarse de
las manos que lo sujetaban, pero sin forzar, como si hubiese
comprendido que ni la indignación, por justificada que estuviese, iba a
devolverle el coche, ni el coche iba a devolverle la vista. Pero el ladrón
amenazó de nuevo, Si crees que no te va a ocurrir nada, te equivocas,
sí, fui yo quien te robó el coche, pero tú me has robado a mí la vista de
mis ojos, a ver quién de los dos es más ladrón, Acaben de una vez,
protestó el médico, todos aquí estamos ciegos y no nos quejamos, ni
acusamos a nadie, Mucho me importa a mí el mal de los otros, dijo el
ladrón, desdeñoso, Si quiere irse a otra sala, dijo el médico al primer
ciego, mi mujer podrá llevarlo, ella se orienta mejor que yo, He
cambiado de idea, prefiero quedarme aquí. El ladrón se burló, El niño
tiene miedo a estar allí solito, no se le vaya a aparecer un
sacamantecas que yo sé, Basta, gritó el médico, impaciente, Mire,
doctorcillo, rezongó el ladrón, aquí todos somos iguales, a mí no me
da usted órdenes, No le estoy dando órdenes, sólo le digo que deje a
ese hombre en paz, Sí, sí, pero cuidadito conmigo, que no se me
hinchen las narices, que pronto se me acaba la paciencia, que, a
bueno, no hay otro como yo, pero a las malas nadie me gana. Con
gestos y movimientos agresivos, el ladrón buscó la cama donde había
estado sentado, empujó la maleta debajo y dijo luego, Me voy a
acostar, y por el tono fue como si dijese Vuélvanse, que me voy a
desnudar. La chica de las gafas oscuras le dijo al niño estrábico, Tú
también tienes que meterte en cama, ponte aquí, a este lado, y si de
noche necesitas algo, me lo dices, Quiero hacer pipí, dijo el niño. Al
oírlo, todos sintieron unas súbitas y urgentes ganas de orinar,
pensaron, con éstas o con otras palabras, A ver cómo se resuelve eso
ahora, el primer ciego palpó debajo de la cama, buscando un orinal,
pero, al mismo tiempo deseando que no lo hubiera porque le daría
vergüenza orinar en presencia de otras personas, que no podrían
verlo, desde luego, pero el ruido es indiscreto, indisimulable, los
hombres, al menos, pueden
usar un truco que no está al alcance de
las mujeres, en eso tienen más suerte. El ladrón se había sentado en
la cama, y decía ahora, Mierda, a ver dónde se mea en esta casa, Ojo