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con las palabras, que hay un
niño, protestó la chica de las gafas
oscuras, Sí, guapita, pues a ver si encuentras un sitio o verás cómo tu
chiquillo se mea por las patas abajo. Dijo la mujer del médico, Tal vez
pueda dar yo con los retretes, recuerdo haber notado por ahí un olor,
Yo voy con usted, dijo la chica de las gafas oscuras cogiendo de la
mano al niño, Mejor será que vayamos todos, observó el médico, así
sabremos el camino, Te entiendo, amigo, esto lo pensó el ladrón del
coche, pero no se atrevió a decirlo en voz alta, lo que tú no quieres es
que tu mujercita tenga que llevarme a mear cuando me apetezca. El
pensamiento, por el segundo sentido implícito, le provocó una
pequeña erección que le sorprendió, como si el hecho de estar ciego
debiera tener como consecuencia la pérdida o disminución del deseo
sexual, Bien, pensó, no se ha perdido todo, entre muertos y heridos
alguno escapará, y, desentendiéndose de la conversación, empezó a
fantasear. No le dieron tiempo, el médico ya estaba diciendo,
Formamos una fila, mi mujer va delante, cada uno pone la mano en el
hombro del que va ante él, así no habrá peligro de que nos perdamos.
El primer ciego dijo, Yo con ése no voy, se refería, obviamente, al
ladrón.
Sea porque se buscaban, sea porque se evitaban, el hecho es
que apenas se podían mover en el estrecho pasillo entre las camas,
tanto más cuanto que la mujer del médico tenía que actuar también
como si estuviese ciega. Al fin quedó la fila ordenada, detrás de la
mujer del médico iba la chica de las gafas oscuras con el niño
estrábico de la mano, después el ladrón en calzoncillos y camiseta,
luego el médico, y, al fin, a salvo de agresiones por ahora, el primer
ciego. Avanzaban muy lentamente, como si no se fiaran de quien los
guiaba, con la mano libre iban tanteando el aire, buscando de paso un
apoyo sólido, una pared, el marco de una puerta. Tras la chica de las
gafas oscuras, el ladrón, estimulado por el perfume que de ella se
desprendía y por el recuerdo de la reciente erección, decidió usar las
manos con mayor provecho, una acariciándole la nuca por debajo del
cabello, la otra, directa y sin ceremonias, palpándole los pechos. Ella
se sacudió para escapar del desafuero, pero él la tenía bien agarrada.
Entonces, la muchacha soltó una patada hacia atrás como una coz. El
tacón del zapato, fino como un estilete, se clavó en el muslo desnudo
del ladrón, que soltó un grito de sorpresa y de dolor. Qué pasa,
preguntó la mujer del médico mirando hacia atrás, Fui yo, que tropecé,
respondió la chica de las gafas oscuras, y parece que le he hecho