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daño al de atrás. La sangre aparecía ya entre los dedos del ladrón
que, gimiendo y soltando maldiciones, intentaba percibir los efectos de
la agresión, Estoy herido, esta idiota
no ve dónde pone los pies, Y
usted no ve dónde pone las manos, respondió secamente la chica. La
mujer del médico comprendió lo que había pasado, primero sonrió,
pero luego vio que la herida presentaba mal aspecto, la sangre corría
por la pierna del desgraciado, y no tenían agua oxigenada, ni
mercromina, ni vendas, ni gasas, ni desinfectante alguno, nada. El
médico preguntó, Dónde está la herida, Aquí, Aquí, dónde, En la
pierna, no lo ve, me clavó el tacón del zapato, Tropecé, no he tenido la
culpa, repitió la muchacha, pero, inmediatamente, estalló, exasperada,
Este cerdo, que estaba metiéndome mano, quién se cree él que soy.
La mujer del médico intervino, Ahora lo que hay que hacer es lavar la
herida, hacer la cura, Y dónde hay agua, preguntó el ladrón, En la
cocina, en la cocina hay agua, pero no tenemos por qué ir todos, mi
marido y yo llevaremos a este señor, y los otros se quedan aquí, no
tardaremos, Quiero hacer pipí, dijo el chiquillo, Espera un poco, ya
volvemos. La mujer del médico sabía que tenía que doblar una vez a
la derecha, otra a la izquierda, y seguir luego por un corredor ancho
que formaba un ángulo recto. La cocina estaba al fondo. Pasados
unos minutos fingió que se había equivocado, se detuvo, volvió atrás,
luego exclamó, Ah, ya recuerdo, y fueron directamente a la cocina, no
podían perder más tiempo, la herida sangraba abundantemente. Al
principio vino sucia el agua y hubo que esperar a que se aclarase.
Estaba templada y turbia, como si llevara mucho tiempo estancada en
la cañería, pero el herido la recibió con un suspiro de alivio.
Realmente, la herida tenía mal aspecto. Y ahora, cómo le ponemos un
vendaje, preguntó la mujer del médico. Debajo de una mesa había
unos cuantos paños sucios que debían de haber servido para fregar,
pero sería una imprudencia grave utilizarlos como vendajes, Aquí por
lo visto no hay nada, dijo mientras fingía andar buscando, Pero no voy
yo a quedarme así, doctor, que la sangre no para, por favor ayúdeme,
y perdone si fui
maleducado con usted, se lamentaba el ladrón,
Estamos ayudándole, hacemos todo lo que podemos, dijo el médico, y
luego, quítese la camiseta, no hay más remedio. El herido protestó,
dijo que le hacía falta, pero se la quitó al fin. Rápidamente, la mujer del
médico hizo con ella un rollo, lo pasó por el muslo, apretó con fuerza y
consiguió, con las puntas de los tirantes y el faldón, atar un nudo
tosco. No eran movimientos que un ciego pudiera ejecutar fácilmente,