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pero ella no quiso perder más tiempo simulando, ya había perdido
demasiado cuando fingía no dar con el camino de la cocina. Al ladrón
le pareció notar allí algo anormal, el médico, lógicamente, aunque
fuera un oftalmólogo, era quien debería haberle hecho la cura, pero el
consuelo de verse tratado correctamente se sobrepuso a las dudas, en
todo caso vagas, que durante un momento rozaron su conciencia.
Cojeando él, volvieron hasta donde los otros estaban, y la mujer del
médico vio inmediatamente que el niño estrábico no había podido
aguantarse más y se había orinado en los pantalones. Ni el primer
ciego, ni la muchacha de las gafas oscuras, se habían dado cuenta de
lo sucedido. A los pies del niño se iba ampliando un charquito de
orines, las perneras del pantalón
goteaban aún. Pero, como si nada
hubiera pasado, la mujer del médico dijo, Vamos, pues, en busca de
esos retretes. Los ciegos movieron los brazos ante la cara,
buscándose unos a otros, menos la chica de las gafas oscuras, que
dijo inmediatamente que no quería ir delante del descarado que había
intentado meterle mano, al fin se reconstruyó la fila, cambiando de
lugar el ladrón y el primer ciego, con el médico colocado entre ellos. El
ladrón cojeaba más, arrastraba la pierna. El torniquete le molestaba y
la herida parecía latir con tanta fuerza que era como si el corazón se le
hubiera cambiado de sitio y se encontrara ahora en el fondo del
agujero. La chica de las gafas oscuras llevaba de nuevo al niño de la
mano, pero él se apartaba todo lo que podía hacia un lado, con miedo
a que alguien descubriera su incontinencia, como el médico, que
observó, Aquí huele a orines, y la mujer creyó que debía confirmar la
impresión, Sí, realmente, hay un olor, no podía decir que venía de las
letrinas, porque aún estaban lejos, y, teniendo que comportarse como
si fuese ciega, tampoco podía revelar que el olor venía de los
pantalones empapados del chiquillo.
Cuando llegaron a los retretes, hombres y mujeres se mostraron
de acuerdo que fuera el niño el primero en aliviarse, pero los hombres
acabaron por entrar juntos, sin distinción de urgencias ni de edades, el
mingitorio era colectivo, en un sitio como éste tenía que serlo, y los
retretes también lo eran. Las mujeres se quedaron en la puerta, dicen
que aguantan más, pero todo tiene sus límites, y, al cabo de un
momento, la mujer del médico sugirió, Tal vez haya otros servicios,
pero la chica de las gafas oscuras dijo, Por mí, puedo esperar, Yo
también, dijo la otra, después se hizo un silencio, y luego empezaron a
hablar de nuevo, Cómo se quedó ciega, Como los demás, de repente