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dejé de ver, Estaba en casa, No, Entonces fue cuando salió del
consultorio de mi marido, Más o menos, Qué quiere decir más o
menos, Que no fue inmediatamente después, Sintió dolor, Dolor, no,
pero cuando
abrí los ojos, estaba ciega, Yo no, No qué, No tenía los
ojos cerrados, me quedé ciega en el momento en que mi marido subió
a la ambulancia, Pues tuvo suerte, Quién, Su marido, así podrán estar
juntos, En ese caso también yo tuve suerte, Claro, Y usted, está
casada, No, no lo estoy, y a partir de ahora no creo que nadie quiera
casarse, Pero esta ceguera es tan anormal, tan fuera de lo que la
ciencia conoce, que no podrá durar siempre, Y si nos quedáramos así
para toda la vida, Nosotros, Todos, Sería horrible, un mundo todo de
ciegos, No quiero ni imaginarlo.
El niño estrábico fue el primero en salir del retrete, ni tenía por
qué haber entrado. Traía los pantalones enrollados hasta media pierna
y se había quitado los calcetines. Dijo, Ya estoy aquí, la mano de la
chica de las gafas oscuras se movió inmediatamente en dirección a la
voz, no acertó a la primera ni a la segunda, pero a la tercera encontró
la mano vacilante del pequeño. Poco después apareció el médico, y
luego el primer ciego, uno de ellos preguntó, Dónde están, la mujer del
médico había cogido ya un brazo del marido, el otro brazo fue tocado y
agarrado por la chica de las gafas oscuras. El primer ciego no tuvo
durante unos segundos quien lo amparase, después, alguien le puso
una mano en el hombro. Estamos todos, preguntó la mujer del médico,
El de la pierna herida se ha quedado aliviando otra urgencia,
respondió el marido. Entonces, la chica de las gafas oscuras dijo,
Quizá haya otros retretes, empiezo a no aguantar más, perdonen,
Vamos a ver si los hay, dijo la mujer del médico, y se alejaron con las
manos cogidas. Pasados unos diez
minutos, volvieron, habían
encontrado un gabinete de consulta que tenía unos servicios anejos.
El ladrón salía ya del retrete, se quejaba de frío y de dolores en la
pierna. Rehicieron la fila por el mismo orden en que vinieron y, con
menos trabajo que antes y ningún accidente, regresaron a la sala. Con
habilidad, sin que se notara, la mujer del médico les ayudó a alcanzar
la cama correspondiente, la misma en que estaban antes. Fuera de la
sala, como si se tratara de algo obvio, recordó que la manera más fácil
de que cada uno encuentre su sitio era contar las camas a partir de la
entrada, Las nuestras son las últimas del lado derecho, la diecinueve y
la veinte. El primero en avanzar por el pasillo fue el ladrón. Estaba casi
desnudo, tenía temblores, quería aliviar la pierna dolorida, razones