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suficientes para que le dieran primacía. Fue yendo de cama en cama,
palpando el suelo en busca de la maleta, y cuando la reconoció dijo en
voz alta, Aquí está, y añadió, Catorce, De qué lado, preguntó la mujer
del médico, El izquierdo, respondió, otra vez vagamente sorprendido,
como si ella debiera saberlo sin tener
que preguntar. Luego le tocó el
turno al primer ciego. Sabía que su cama era la segunda a partir de la
del ladrón, del mismo lado. Ya no tenía miedo de dormir cerca de él,
estando como estaba con la pierna en tan mísero estado, a juzgar por
los lamentos y los suspiros, apenas se podría mover. Cuando llegó,
dijo, Dieciséis izquierdo, y se acostó vestido. Entonces, la chica de las
gafas oscuras pidió en voz baja, Ayúdennos a quedarnos cerca de
ustedes, enfrente, del otro lado, ahí estaremos bien. Avanzaron juntos
los cuatro, y rápidamente se instalaron. Pasados unos minutos, el niño
estrábico dijo, Tengo hambre, y la chica de las gafas oscuras
murmuró, Mañana, mañana comemos, ahora duerme. Luego abrió el
bolso y buscó el frasquito que había comprado en la farmacia. Se quitó
las gafas, inclinó hacia atrás la cabeza y, con los ojos muy abiertos,
guiando una mano con la otra, hizo gotear el colirio. No todas las gotas
cayeron en los ojos, pero la conjuntivitis, así tan bien tratada, no
tardará en curarse.