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atrasaría la mañana. De la cama del ladrón llegó un gemido, Si se le
ha infectado la herida, pensó la mujer del médico, no tenemos nada
para curarla, ningún recurso, el menor accidente, en estas
condiciones, puede convertirse en una tragedia, probablemente eso es
lo que ellos
están esperando, que acabemos aquí uno tras otro,
muerto el perro, se acabó la rabia. La mujer del médico se levantó de
la cama, se inclinó hacia el marido, iba a despertarlo, pero no tuvo
valor para arrancarlo del sueño y saber que continuaba ciego.
Descalza, paso a paso, fue hasta la cama del ladrón. Tenía los ojos
abiertos, fijos. Cómo está, susurró la mujer del médico. El ladrón
movió la cabeza en dirección a la voz y dijo, Mal, me duele mucho la
pierna, ella iba a decirle, Déjeme ver, pero se calló a tiempo, qué
imprudencia, fue él quien no se acordó que allí sólo había ciegos,
actuó sin pensar, como habría hecho pocas horas antes, allá fuera, si
un médico le dijera A ver cómo va eso, y levantó la manta. Hasta en
aquella penumbra, quien pudiera servirse de los ojos, aunque fuese
mínimamente, vería el jergón empapado en sangre, el agujero negro
de la herida con los bordes hinchados. La atadura se había soltado. La
mujer del médico bajó cuidadosamente la manta, luego, con un gesto
leve y rápido, posó la mano en la frente del hombre. La piel, seca,
estaba ardiendo. La luz varió otra vez, las nubes se alejaban. La mujer
del médico volvió a su cama, pero no se acostó ya. Miraba al marido,
que murmuraba en sueños, los bultos de los otros bajo las mantas
grises, las paredes sucias, las camas vacías a la espera, y
serenamente deseó estar ciega también, atravesar la piel visible de las
cosas y pasar al lado de dentro de ellas, a su fulgurante e irremediable
ceguera.
De pronto, procedente del exterior de la sala, probablemente del
vestíbulo que separaba las dos alas frontales del edificio, se oyó un
ruido de voces violentas, Fuera, fuera, salgan, Lárguense, Aquí no
pueden quedarse, Tienen que cumplir las órdenes. Creció el tumulto,
disminuyó luego, una puerta se cerró con estruendo, ahora sólo se oía
algún sollozo, el rumor inconfundible de alguien que acababa de
tropezar. En la sala estaban ya todos despiertos. Con la cabeza vuelta
hacia el lado de la entrada, no necesitaban ver para saber que
también eran ciegos los que iban a entrar. La mujer del médico se
levantó, por su voluntad habría ido a ayudar a los recién llegados, les
diría unas palabras de afecto, los guiaría hasta los camastros, les
informaría, Mire, ésta es la siete del lado izquierdo, ésta es la cuatro