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del lado derecho, no se equivoque, sí, aquí estamos seis, llegamos
ayer, fuimos los primeros, los nombres qué importan, uno creo que
cometió un robo, otro fue el robado, hay una muchacha misteriosa de
gafas oscuras que se pone colirio en los ojos para tratar una
conjuntivitis, que cómo sé yo, que estoy ciega, que son oscuras las
gafas, es que mi marido es oftalmólogo y ella fue a su consultorio, sí,
también él está aquí, nos ha tocado a todos, ah, es verdad, y el niño
estrábico. No se movió, sólo le dijo al marido, Llegan más. El médico
saltó de la cama, la mujer le ayudó a ponerse los pantalones, no tenía
importancia, nadie podía verlo, en aquel momento empezaron a entrar
los ciegos, eran cinco, tres hombres y dos mujeres. El médico dijo,
levantando la voz, Tengan calma, no se precipiten, aquí somos seis
personas, cuántos son ustedes, hay sitio para todos. Ellos no sabían
cuántos eran, cierto es que se habían tocado unos a otros, a veces
tropezaron mientras eran empujados desde el ala izquierda hacia ésta,
pero no sabían cuántos eran. Y no traían equipajes. Cuando, en la otra
parte del edificio, despertaron ciegos, y comenzaron a lamentarse, los
otros los echaron sin contemplaciones, sin darles siquiera tiempo para
despedirse de algún pariente o amigo que con ellos estuviera. Dijo la
mujer del médico, Lo mejor sería que se fueran numerando y diciendo
cada uno quién es. Parados, los ciegos vacilaron, pero alguien tenía
que empezar, dos hombres hablaron al mismo tiempo, siempre pasa
igual, luego los dos se callaron, y fue un tercero quien comenzó, Uno,
hizo una pausa, parecía que iba a dar su nombre, pero lo que dijo fue,
Soy policía, y la mujer del médico pensó, No ha dicho cómo se llama,
seguro que sabe que eso aquí no tiene importancia. Ya otro hombre
se estaba presentando, Dos, y siguió el ejemplo del primero, Soy
taxista. El tercer hombre dijo, Tres, soy dependiente de farmacia.
Después, una mujer, Cuatro, soy camarera de hotel, y la última, Cinco,
soy oficinista. Es mi mujer, mi mujer, gritó el primer ciego, dónde
estás, dime dónde estás, Aquí, estoy aquí, decía ella llorando y
avanzando trémula por el pasillo, con ojos desorbitados, las manos
luchando contra el mar de leche que por ellos entraba. Más seguro, él
avanzó hacia ella, Dónde estás, dónde estás, murmuraba ahora como
si rezase. Las manos se encontraron, un instante después estaban
abrazados, eran un cuerpo solo, los besos buscaban los besos, a
veces se perdían en el aire porque no sabían dónde estaban los
rostros, los ojos, la boca. La mujer del médico se agarró al marido,
sollozando como si también ellos se hubieran encontrado, pero lo que