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decía era, Qué desgracia la nuestra, qué fatalidad. Entonces se oyó la
voz del niño estrábico que preguntaba, Y mi madre. Sentada en la
cama del pequeño, la chica de las gafas oscuras murmuró, Vendrá, no
te preocupes, vendrá.
Aquí, la verdadera casa de cada uno es el sitio donde duerme,
por eso no es extraño que el primer cuidado de los recién llegados
fuese elegir cama, tal como habían hecho en la otra sala, cuando aún
tenían ojos para ver. En el caso de la mujer del primer ciego no cabía
duda, su lugar propio y natural estaba al lado del marido, en la cama
diecisiete, dejando la dieciocho en medio, como un espacio vacío que
la separa de la chica de las gafas oscuras. Tampoco sorprenderá que
todos busquen estar juntos, lo más posible, hay por aquí muchas
afinidades, unas que ya son conocidas, otras que se revelarán ahora
mismo, por ejemplo, el dependiente de farmacia fue quien vendió el
colirio a la chica de las gafas oscuras, el taxista fue quien llevó al
primer ciego al médico, este que dijo ser policía fue quien encontró al
ladrón ciego llorando como un niño perdido, y en cuanto a la camarera
del hotel, fue ella la primera persona que entró en el cuarto cuando la
chica de las gafas oscuras empezó a gritar. Sin embargo, lo cierto es
que no todas estas afinidades resultarán explícitas y conocidas, sea
por
falta de ocasión, sea porque ni imaginaron que pudieran existir,
sea por una simple cuestión de sensibilidad y tacto. La camarera del
hotel ni sueña que está aquí la mujer a quien vio desnuda, del
dependiente de farmacia se sabe que atendió a otros clientes que
llevaban gafas oscuras puestas y compraron colirios, al policía nadie
va a cometer la imprudencia de denunciarle la presencia del tipo que
robó un automóvil, el taxista juraría que en los últimos días no llevó
ningún ciego en el taxi. Naturalmente, el primer ciego ya le ha dicho a
su mujer, en un susurro, que uno de los internados es el golfo que les
robó el coche, Mira tú qué coincidencia, pero, como entretanto supo
que el pobre diablo está herido en una pierna, tuvo la generosidad de
añadir, Ya tiene castigo bastante. Y ella, por la inmensa tristeza de
estar ciega y la inmensa alegría de haber recuperado al marido, la
alegría y la tristeza pueden andar unidas, no son como el agua y el
aceite, ni se acordó de que dos días antes dijo que daría un año de
vida para que el golfo, palabra suya, se quedara ciego. Y si aún le
turbaba el espíritu una última sombra de rencor, seguro que se disipó
cuando oyó al herido gemir lastimosamente, Doctor, por favor,
ayúdeme. Dejándose guiar por la mujer, el médico tanteaba