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caminar a gatas, barriendo el suelo ante ellos con un brazo extendido,
mientras el otro hacía de tercera pata, y si no encontraron mayor
dificultad en regresar a la sala fue porque la mujer del médico tuvo la
idea, que justificó cuidadosamente aduciendo su propia experiencia,
de rasgar en tiras una manta, haciendo con ellas una especie de
cuerda, una de cuyas puntas estaría siempre sujeta al tirador de fuera
de la puerta de
la sala, mientras la otra sería atada cada vez al tobillo
de quien tuviese que salir a buscar la comida. Fueron los dos
hombres, vinieron los platos y los cubiertos, pero los alimentos
continuaban siendo para cinco, lo más probable era que el sargento
que mandaba el pelotón de guardia no supiera que había allí seis
ciegos más, dado que desde fuera del portón, aun estando atento a lo
que ocurriera del lado de dentro de la puerta principal, sólo por
casualidad, en la sombra del zaguán, se vería pasar gente de una de
las alas a la otra. El taxista se ofreció para reclamar la comida que
faltaba, y fue solo, no quiso compañía, Que no somos cinco, somos
once, gritó a los soldados, y el mismo sargento le respondió desde
fuera, Tranquilos, que van a ser muchos más, y lo dijo con un tono que
le debió parecer de mofa al taxista, si tenemos en cuenta lo que contó
cuando volvió a la sala, Era como si me estuviera tomando el pelo.
Repartieron la comida, cinco raciones divididas entre diez, porque el
herido seguía sin querer comer, sólo pedía agua, que le mojasen la
boca, por favor. Su piel quemaba. Como no podía soportar durante
mucho tiempo el contacto y el peso de la manta sobre la herida, de
vez en cuando descubría la pierna, pero el aire frío de la sala lo
obligaba a cubrirse de nuevo inmediatamente y así horas y horas.
Gemía a intervalos regulares, con una especie de arranque sofocado,
como si el dolor, constante, firme, súbitamente se adensara antes de
que pudiera agarrarlo y sostenerlo en los límites de lo soportable.
Mediada la tarde, entraron tres ciegos más, expulsados de la
otra ala. Una de ellas era la empleada del consultorio, la mujer del
médico la reconoció inmediatamente, y los otros, así lo había decidido
el destino, eran el hombre que había estado con la chica de las gafas
oscuras en el hotel y aquel policía grosero que la llevó a casa. Sólo
tuvieron tiempo para llegar a las camas y sentarse en ellas, al azar, la
empleada del consultorio lloraba desconsoladamente, los dos hombres
permanecían callados como si no pudieran entender aún lo que les
pasaba. De pronto, se oyó, llegada de la calle, una confusión de gritos,
órdenes dadas a pleno pulmón, un vocerío inextricable. Los ciegos de