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la sala volvieron todos la cara para el lado de la puerta, esperando. No
podían ver, pero sabían lo que iba a pasar en los minutos siguientes.
La mujer del médico, sentada en la cama, al lado del marido, dijo en
voz baja, Tenía que ocurrir, el infierno prometido va a empezar. Él le
apretó la mano entre las suyas y murmuró, No te alejes, de ahora en
adelante ya no podías hacer nada. Los gritos habían disminuido, ahora
se oían ruidos confusos en el zaguán, eran los ciegos traídos en
rebaño, que tropezaban unos con otros, se agolpaban en el vano de
las puertas, unos pocos se habían desorientado y fueron a parar a
otras salas, pero la mayoría, trastabillando, agarrados en racimos o
separados uno a uno, agitando afligidos las manos como quien se está
ahogando, entraron en la sala en torbellino, como si fueran empujados
desde fuera por una máquina arrolladora. Cayeron unos cuantos,
fueron pisoteados. Aprisionados en el estrecho pasillo, los ciegos,
poco a poco, se fueron liberando por los espacios entre los camastros,
y allí, como barco que en medio del temporal logra al fin entrar en
puerto, tomaban posesión de su fondeadero personal, que era la
cama, y protestaban diciendo que ya no cabía nadie más, que los de
atrás buscasen otro sitio. Desde el fondo, el médico gritó que había
más salas, pero los pocos que se habían quedado sin cama tenían
miedo de perderse en el laberinto que imaginaban, salas, corredores,
puertas cerradas, escaleras que sólo en el último momento
descubrirían. Al fin comprendieron que no podrían seguir allí y,
buscando penosamente la puerta por donde habían entrado, se
aventuraron en lo desconocido. Buscando un último y seguro refugio,
los ciegos del segundo grupo, el de cinco, pudieron ocupar los
camastros que, entre ellos y los del primer grupo, habían quedado
vacíos. Sólo el herido quedó aislado, sin protección, en la cama
catorce, lado izquierdo.
Un cuarto de hora después, salvo algunas lamentaciones, unas
quejas, unos ruidos discretos de gente que ordena sus cosas, la
calma, que no la tranquilidad, volvió a la sala. Todas las camas
estaban ahora ocupadas. La tarde llegaba a su fin, las bombillas
mortecinas parecían ganar fuerza. Entonces se oyó la voz seca del
altavoz. Tal como había sido anunciado el primer día, repetían las
instrucciones sobre el funcionamiento de las salas y las reglas que
deberían obedecer los internos, El Gobierno lamenta haberse visto
forzado a ejercer enérgicamente lo que considera su derecho y su
deber, proteger por todos los medios a su alcance a la población en la