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difusa y poder decir, Ahí está mi cara, lo que tenga luz no me
pertenece.
Las protestas fueron amortiguándose poco a poco, alguien
llegado de la otra sala apareció preguntando si quedaba algo de
comida, quien le respondió fue el taxista, Ni migajas, y el dependiente
de farmacia, mostrando buena voluntad, dulcificó aquella negativa
perentoria, Puede que luego llegue algo. No llegó. Se cerró la noche.
De fuera, ni comida, ni palabras. Se oyeron gritos en la sala de al lado,
luego se hizo el silencio, si alguien lloraba, lo hacía bajito, el llanto no
atravesaba las paredes. La mujer del médico fue a ver cómo se
encontraba el enfermo, Soy yo, le dijo, y levantó cuidadosamente la
manta. La pierna tenía un aspecto terrorífico, hinchada toda por igual
desde el muslo, y la herida, un círculo negro con franjas rojizas,
sanguinolentas, se había ampliado muchísimo, como si la carne
hubiera sufrido una erupción, y exhalaba un olor entre fétido y dulzón.
Cómo se encuentra, preguntó la mujer del médico, Gracias por venir,
Dígame cómo se encuentra, Mal, Le duele, Sí y no, Explíquese, Me
duele, pero es como si la pierna no fuera mía, está como separada del
cuerpo, no sé cómo explicarlo, es una impresión extraña, como si
estuviera aquí tumbado viendo cómo la pierna me duele, Eso es la
fiebre, Será, Haga ahora por dormir. La mujer del médico le posó la
mano en la frente, luego iba a retirarse, pero no tuvo tiempo ni de dar
las buenas noches, el enfermo la agarró por un brazo y la atrajo,
obligándola a acercar la cara, Sé que usted ve, dijo con una voz muy
baja. La mujer del médico se estremeció, y murmuró, Se equivoca,
de dónde ha sacado eso, veo como cualquiera de los que están aquí,
No quiera engañarme, señora, sé muy bien que ve, pero, descuide, no
se lo voy a decir a
nadie, Duerma, duerma, No tiene confianza en mí,
La tengo, No se fía de la palabra de un ladrón, Le he dicho ya que
tengo confianza, Entonces, por qué no me dice la verdad, Hablaremos
mañana, ahora duerma, Bueno, mañana, si llego, No debemos pensar
lo peor, Yo pienso, o la fiebre está pensando por mí. La mujer del
médico volvió al lado de su marido y le susurró al oído, La herida tiene
un aspecto horrible, será gangrena, En tan poco tiempo no me parece
probable, Sea lo que sea, ese hombre está muy mal, Y nosotros aquí,
dijo el médico con voz audible a propósito, no basta con que estemos
ciegos, es como si nos hubieran atado de pies y manos. De la cama
catorce, lado izquierdo, el enfermo respondió, A mí no me atará nadie,
doctor.