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Fueron pasando las horas, uno tras otro los ciegos entraron en el
sueño. Algunos se habían cubierto la cabeza con la manta, como si
deseasen que la oscuridad, una oscuridad auténtica, una negra
oscuridad, apagara definitivamente los soles deslustrados en que sus
ojos se habían convertido. Las tres bombillas colgadas del techo alto,
fuera del alcance, derramaban sobre los camastros una luz sucia,
amarillenta, que ni capaz era de producir sombras. Cuarenta personas
dormían o intentaban desesperadamente dormir, algunas suspiraban y
murmuraban en sueños, quizá vieran en el sueño aquello que
soñaban, tal vez dijeran, Si esto es un sueño, no quiero despertar. Los
relojes de todos ellos estaban parados, se olvidaron de darles cuerda
o creyeron que no valía la pena, sólo el de la mujer del médico seguía
funcionando. Pasaba ya de las tres de la madrugada. Adelante, muy
lentamente, apoyándose en los codos, el ladrón de coches alzó el
cuerpo. No notaba la pierna, sólo el dolor estaba allí, el resto había
dejado de pertenecerle. Estaba rígida la articulación de la rodilla. Dejó
caer el cuerpo hacia el lado de la pierna sana, que quedó colgando
fuera de la cama, luego, con las manos juntas por debajo del muslo,
intentó mover en el mismo sentido la pierna herida. Como una jauría
de lobos que despertaran de súbito, los dolores corrieron en todas
direcciones para seguir luego cercando el cráter soturno del que se
alimentaban. Ayudándose con las manos, fue arrastrando lentamente
el cuerpo por el jergón en dirección al pasillo. Cuando alcanzó el
alzado de los pies de la cama, tuvo que descansar. Respiraba con
dificultad, como si padeciera de asma, la cabeza oscilaba sobre los
hombros y apenas podía sostenerse en ellos. Al cabo de unos
minutos, la respiración se le reguló, y él empezó a levantarse
lentamente, apoyado en la pierna buena. Sabía que la otra de nada
iba a servirle, que tendría que arrastrarla tras de sí a donde quiera que
fuese. Sintió un mareo, un temblor irreprimible le atravesó el cuerpo, el
frío y la fiebre le hicieron castañetear los dientes. Amparándose en los
hierros de las camas, pasando de una a otra, fue avanzando entre los
dormidos, tiraba, como de un saco, de la pierna herida. Nadie lo vio,
nadie le preguntó, Adónde va a estas horas, si alguien lo hubiera
hecho, ya sabía qué responder, Voy a mear, diría, lo que no quería era
que la mujer del médico le preguntara, a ella no podría engañarla,
tendría que decirle la idea que llevaba en la cabeza, No puedo seguir
pudriéndome aquí, sé que su marido hizo lo que estaba a su alcance,
pero cuando yo iba a robar un coche no le pedía a otro que lo robase