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por mí, ahora es lo mismo, soy yo quien tengo que ir fuera, cuando me
vean en este estado se darán cuenta de que estoy muy mal, me
meterán en una ambulancia y me llevarán al hospital, seguro que hay
hospitales sólo para ciegos, uno más no les importará,
me tratarán la
pierna, me curarán, oí decir que eso es lo que se hace con los
condenados a muerte, si tienen apendicitis, los operan y sólo después
los matan, para que mueran sanos, aunque, por mí, si quieren pueden
volver a traerme aquí, no me importa. Avanzó más, apretando los
dientes para no gemir, pero no pudo reprimir un sollozo de agonía
cuando, llegado al extremo de la fila, perdió el equilibrio. Se había
equivocado en la cuenta de las camas, esperaba que quedara una
más y era ya el vacío. Caído en el suelo, no se movió. hasta estar
seguro de que nadie se había despertado con el ruido del golpe.
Luego descubrió que la posición convenía perfectamente a un ciego, si
avanzaba a gatas podría encontrar con más facilidad el camino. Se fue
arrastrando así hasta llegar al zaguán, allí se detuvo para pensar qué
iba a hacer, si sería mejor llamar desde la puerta, o acercarse a la reja
aprovechando la cuerda que había servido de pasamanos. Sabía muy
bien que si llamaba pidiendo ayuda lo mandarían que volviera
inmediatamente para atrás, pero la alternativa de tener como único
socorro, después de todo lo que, pese al apoyo sólido de las camas,
había sufrido, una cuerda bamboleante, insegura, le hizo dudar.
Pasados unos minutos, creyó encontrar la solución, Iré a gatas, pensó,
me pongo debajo de la cuerda, de vez en cuando levanto la mano
para ver si voy por el buen camino, esto es lo mismo que robar un
coche, siempre encuentra uno la manera. De repente, sin que se
apercibiera, su conciencia se despertó y le censuró ásperamente por
haber sido capaz de robar el automóvil a un pobre ciego, Si estoy
ahora en esta situación, argumentó, no es por haberle robado el
coche, sino por haberle acompañado hasta su casa, ése fue mi
inmenso error. No estaba la conciencia para debates casuísticos, sus
razones eran simples y claras, Un ciego es sagrado, a un ciego no se
le roba, Técnicamente hablando, no le robé, ni él llevaba el coche en
el bolsillo ni yo le apunté con una pistola, se defendió el acusado,
Déjate de sofismas, rezongó la conciencia, y sigue andando.
El aire frío de la madrugada le refrescó la cara. Qué bien se
respira aquí fuera, pensó. Le pareció notar que la pierna le dolía
mucho menos, pero eso no le sorprendió, ya antes, más de una vez, le
había ocurrido lo mismo. Estaba en el rellano exterior, no tardaría en