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descubriendo, la rapidez y el acierto de los razonamientos, se veía a sí
mismo diferente, otro hombre, y si no fuera por la mala suerte de esta
pierna, juraría que nunca en toda la vida se había
encontrado tan bien.
Sus espaldas golpearon con la parte inferior chapeada del portón.
Había llegado. Metido en la garita para protegerse del frío, el soldado
de guardia creyó oír un leve rumor que no había conseguido
identificar, de todos modos no pensó que nadie pudiera acercarse
desde dentro, habría sido el movimiento del ramaje de los árboles, las
hojas que el viento hacía rozar contra la reja. Otro ruido le llegó
repentinamente a los oídos, pero éste fue diferente, un golpe, un
choque, para ser más preciso, que no podía ser obra del viento.
Nervioso, el soldado salió de la garita empuñando el fusil automático y
miró hacia el portón. No vio nada. Pero el ruido volvió a sonar, más
fuerte, ahora como de uñas que rasparan una superficie rugosa. La
chapa del portón, pensó. Dio un paso hacia la tienda de campaña
donde dormía el sargento, pero lo contuvo el pensamiento de que si
daba una falsa alarma le iban a echar una bronca, a los sargentos no
les gusta que los despierten, ni cuando hay motivo suficiente. Volvió a
mirar hacia el portón, y esperó, tenso. Muy lentamente, en el espacio
entre dos hierros verticales, como un fantasma, empezó a aparecer
una cara blanca. La cara de un ciego. El miedo le heló la sangre al
soldado, y fue el miedo lo que le hizo apuntar su arma y disparar una
ráfaga a quemarropa.
El estruendo seco de las detonaciones hizo surgir de dentro de
las tiendas, inmediatamente, medio vestidos aún, a los soldados que
componían el pelotón encargado de la guardia del manicomio y de los
que dentro de él estaban. El sargento ya estaba al mando de sus
hombres, Qué coño pasa, Un ciego, un ciego, balbuceó el soldado,
Dónde, Allí, e indicó el portón con el cañón del arma, No veo nada,
Estaba allí, lo vi. Los soldados habían acabado de equiparse y
esperaban alineados, fusil en mano. Encended el proyector, ordenó el
sargento. Uno de los soldados subió a la plataforma del vehículo.
Segundos después, el foco deslumbrante iluminó el portón enrejado y
la fachada del edificio. No hay nadie, animal, dijo el sargento, y se
disponía a soltar unas cuantas amenidades militares del mismo estilo
cuando vio que por debajo del portón se extendía, bajo la violenta luz
del foco, un charco negro. Le diste de lleno, amigo, dijo. Después,
recordando las órdenes rigurosas que había recibido, gritó, Atrás, eso
se pega. Los soldados retrocedieron, medrosos, pero continuaron