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mirando el charco que lentamente asomaba por entre las junturas de
las piedras de la acera. Crees que el tipo ese está muerto, preguntó el
sargento, Tiene que estarlo, le solté una ráfaga de lleno en la cara,
respondió el soldado, contento ahora con su obvia demostración de
puntería. En ese momento, otro soldado gritó nervioso, Sargento,
sargento, mire ahí. En el rellano exterior de la escalera se veían unos
cuantos ciegos, más de diez. Quietos, no avancen, gritó el sargento,
un paso más y los achicharro a todos. En las ventanas de las casas de
enfrente, algunas personas, arrancadas del sueño por los disparos,
miraban asustadas a través de los cristales. Entonces, el sargento
gritó, Que vengan cuatro a recoger el cuerpo. Como no podían ver ni
contar, fueron seis los ciegos que se movieron, He dicho cuatro, gritó
el sargento histéricamente. Los ciegos se tocaron, volvieron a tocarse,
dos se quedaron atrás. Los otros empezaron a andar a lo largo de la
cuerda.