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Vamos a ver si hay por aquí una pala o un azadón, algo,
cualquier cosa que sirva para cavar, dijo el médico. Llevaron con gran
esfuerzo el cadáver al cercado interior, lo dejaron en el suelo, entre la
basura y las hojas caídas de los árboles. Ahora, había que enterrarlo.
Sólo la mujer del médico conocía el estado en que se encontraba el
muerto, la cara y el cráneo destrozados por la descarga, tres orificios
de bala en el cuello y en la parte del esternón. También sabía que en
todo el edificio no encontrarían nada con lo que se pudiera abrir una
sepultura. Después de recorrer el espacio que les había sido
destinado, no halló más que una vara de hierro, Ayudará, pero no será
suficiente. Había visto, detrás de las ventanas cerradas del corredor
que continuaba a lo largo del ala reservada a los posibles contagiados,
más bajas de este lado de la cerca, rostros atemorizados de gente
esperando su hora, el momento inevitable en que tendrían que
decirles a los otros, Me he quedado ciego, o cuando, si hubieran
intentado ocultar lo sucedido, se denunciasen con un gesto
equivocado, con un movimiento de cabeza en busca de una sombra,
un tropezón injustificado en quien tiene ojos. Todo esto lo sabía
también el médico, la frase que había dicho formaba parte de la
comedia pactada entre los dos, a partir de ahora ya podría decir la
mujer, Y si pidiésemos a los soldados que nos traigan una pala, Buena
idea, vamos a probar, y todos se mostraron de acuerdo, que sí, que
era una buena idea, sólo la chica de las gafas oscuras se quedó en
silencio, sin decir nada sobre la pala o el azadón, su manera de hablar
eran, por ahora, lágrimas y lamentos, Tuve yo la culpa, lloraba, y era
verdad, no se podía negar, pero también es cierto, si eso le sirve de
consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus
consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero
en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde
las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a
movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho
detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y
obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante
equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo
aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder
comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice
que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este