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hombre está muerto y hay que enterrarlo. Fueron, pues, el médico y su
mujer a parlamentar, la chica de las gafas oscuras, inconsolable, dijo
que iba con ellos. Por remordimientos de conciencia. Apenas
estuvieron a la vista, en la entrada de la puerta, un soldado les gritó,
Alto, y como si temiera que la intimidación verbal, aunque enérgica, no
fuera suficiente, disparó al aire. Asustados, retrocedieron buscando
protección en las sombras del zaguán, tras las gruesas maderas de la
puerta abierta. Luego, avanzó sola la mujer del médico, desde donde
estaba podía ver los movimientos del soldado y resguardarse a tiempo
si fuese necesario, No tenemos con qué enterrar al muerto, dijo,
necesitamos una pala. En el portón, pero del lado opuesto a aquel
donde había caído el ciego, apareció otro militar. Sargento era, pero
no el de antes, Qué quieren, gritó, Necesitamos una pala o un azadón,
No tenemos, venga, fuera, lárguense, Tenemos que enterrar el
cuerpo, Pues no lo entierren, déjenlo pudrirse ahí, Si lo dejamos,
contaminará la atmósfera, Pues que la contamine, y que os
aproveche, La atmósfera no se está quieta, tanto está aquí como va
para donde estáis. La pertinencia de la argumentación obligó a
reflexionar al militar. Había venido a sustituir al otro sargento, que se
quedó ciego y lo trasladaron al lugar donde estaban siendo
concentrados los enfermos pertenecientes al Ejército de Tierra, ni que
decir tiene que la Marina y la Aviación disponían cada una de sus
propias instalaciones, pero éstas de menor tamaño e importancia por
ser más reducidos sus efectivos. Tiene razón la mujer, reconsideró el
sargento, en un caso como éste no hay duda de que todas las
precauciones son pocas. Como prevención, dos soldados, con
máscaras antigás, habían lanzado ya sobre la sangre dos botellas de
amoníaco, cuyos últimos vapores aún hacían lagrimear al personal e
irritaban las mucosas de la garganta y de la nariz. Al fin, el sargento
dijo, Voy a ver si se puede arreglar, Y la comida, la mujer del médico
aprovechó la ocasión para recordarlo, La comida, aún no ha llegado,
Somos más de cincuenta sólo en nuestra ala, tenemos hambre, lo que
nos traen no es suficiente, Eso de la comida no es cosa del Ejército,
Pero alguien tendrá que remediar la situación, el Gobierno se
comprometió a alimentarnos, Se acabó, vuelvan dentro, no quiero ver
a nadie en la puerta, El azadón, gritó aún la mujer del médico, pero el
sargento se había retirado ya. Iba mediada la mañana cuando se oyó
el altavoz de la sala, Atención, atención, los internos se alegraron
creyendo que era el anuncio de la comida, pero no, se
trataba de la