62
pala, Que venga alguien a recoger el azadón, pero nada de grupos.
Por la posición y por la distancia en que se encontraba, más cerca del
portón que de la escalera, debieron tirarla desde fuera, No tengo que
olvidar que estoy ciega, pensó la mujer del médico, Dónde está,
preguntó, Baja la escalera, ya te iré guiando, respondió el sargento,
muy bien, sigue ahora andando en esa misma dirección, así, así, alto
ahora, vuélvete un poco hacia la derecha, no, a la izquierda, menos,
menos, ahora adelante, si no te desvías te darás de narices con ella,
caliente, que te quemas,
mierda, ya te dije que no te desviases, frío,
frío, vas calentándote otra vez, caliente, cada vez más caliente, ya
está, da ahora media vuelta y vuelvo a guiarte, no quiero que te
quedes ahí como una burra en la noria, dando vueltas, y acabes junto
al portón, No te preocupes, pensó ella, iré desde aquí a la puerta en
línea recta, a fin de cuentas, es igual, aunque sospechase que no soy
ciega, a mí qué me importa, no va a venir a buscarme. Se echó el
azadón al hombro, como un viñador que va al trabajo, y se dirigió a la
puerta sin desviarse un paso, Mi sargento, ve eso, exclamó uno de los
soldados, para mí que ésa tiene ojos, Los ciegos aprenden muy rápido
a orientarse, explicó, convencido, el sargento.
Fue trabajoso abrir la tumba. La tierra estaba dura, apretada,
había raíces a un palmo del suelo. Cavaron el taxista, los dos policías
y el primer ciego. Ante la muerte, lo que se espera de la naturaleza es
que los rencores pierdan su fuerza y su veneno, cierto es que se dice
que odio viejo no cansa, y de eso no faltan pruebas en la literatura y
en la vida, pero esto, la verdad, no era realmente odio, y de viejo no
tenía nada, pues qué vale el robo del coche al lado del muerto que lo
había robado, y menos en el mísero estado en que se encuentra, que
no son precisos ojos para saber que esta cara no tiene nariz ni boca.
Sólo pudieron cavar tres palmos. Si el muerto fuera gordo, le habría
quedado asomando la barriga, pero el ladrón era flaco, un auténtico
palo de escoba, y más aún después del ayuno de tres días, cabrían en
aquella tumba dos como él. No hubo oraciones. Podríamos ponerle
una cruz, recordó la chica de las gafas oscuras, los remordimientos
hablaron por ella, pero nadie tenía noticia de lo que el difunto pensaba
en vida de tales historias de Dios y de la religión, lo mejor era callar, si
es que otro procedimiento tiene justificación ante la muerte, además,
téngase en consideración que hacer una cruz es algo mucho menos
fácil de lo que parece, por no hablar del tiempo que iba a sostenerse,
con todos estos ciegos que no ven dónde ponen los pies. Volvieron a