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la sala. En los sitios más frecuentados, salvo en el campo abierto,
como el cercado, ya no se pierden aquellos ciegos, que con un brazo
tendido hacia delante y unos dedos moviéndose como antenas de
insectos se llega a todas partes, incluso es probable que los ciegos
más dotados no tarden en desarrollar eso que llamamos visión frontal.
La mujer del médico, por ejemplo, es asombroso cómo consigue
moverse y orientarse por ese procedimiento entre aquel
rompecabezas de salas, desvanes y corredores, cómo sabe doblar
una esquina en el punto exacto, cómo se detiene ante una puerta y
abre sin vacilar, cómo no tiene que ir contando las camas hasta llegar
a la suya. Está sentada ahora en la cama del marido, habla con él,
muy bajito, como de costumbre, se ve que es gente de educación, y
tienen siempre algo que decirse el uno al otro, no son como el otro
matrimonio, el primer ciego y su mujer, después de aquellas
conmovedoras efusiones del reencuentro casi no han conversado, y
es que, en ellos, probablemente, ha podido más la tristeza de ahora
que el amor de antes, con el tiempo se acostumbrarán. Quien no se
cansa de repetir que tiene hambre es el niño estrábico, pese a que la
chica de las gafas oscuras se quita prácticamente la comida de la
boca para dársela a él. Hace muchas horas que el mozalbete no
pregunta por su madre, pero seguro que volverá a echarla de menos
después de haber comido, cuando el cuerpo se encuentre liberado de
servidumbres brutales y egoístas que resultan de la simple, pero
imperiosa, necesidad de mantenerse. Sería por causa de lo ocurrido
de madrugada, o por motivos ajenos a nuestra voluntad, la verdad es
que no habían llegado las cajas con el desayuno. Ahora se aproxima
la hora de comer, es ya la una en el reloj que la mujer del médico
acaba de consultar a hurtadillas, no es, pues, extraño que la
impaciencia de los jugos gástricos haya empujado a unos cuantos
ciegos, tanto de ésta como de la otra sala, a esperar en el zaguán la
llegada de la comida, y esto por dos excelentes razones, la pública, de
unos, porque así se ganaría tiempo, y la reservada, de otros, porque
sabido es que quien llega primero, mejor se sirve. En total, no serán
menos de diez los ciegos atentos al ruido que hará el portón enrejado
al ser abierto, a los pasos de los soldados que han de traer las
benditas cajas. A su vez, temerosos de una súbita ceguera que
pudiese resultar de la proximidad inmediata de los ciegos que
esperaban en el zaguán, los contaminados del ala izquierda no se
atreven a salir, pero algunos de ellos atisban por la rendija de la